Tonya Oriel

La Generación Perdida

Cuentos Tonya Oriel

Capítulo 1

Un trueno resonó por encima del rugido de potentes motores. El hedor a diesel y tierra quemada saturaba la atmósfera. El descanso del perforador estaba a punto de terminar. Saboreó una última calada de su Estim. Podría haber jurado que acababa de encender la maldita cosa. Nada más tirarlo al suelo cubierto de guijarros negros su cuerpo ya le estaba pidiendo otro. Ignoró la sensación y se unió al resto de su turno en el largo descenso al lugar de excavación. Pasó junto a una flota de Tinas de Transporte. Los gigantescos vehículos esféricos flotaban sobre un lecho de AG mientras sus tubos de vacío recogían la lava deshecha para su procesada. Más adelante estaban los Raspadores. Sus hojas gemían como banshees mientras cortaban la roca.  Llegando hasta su propio Raspador, dio un golpe en la ventana. Eventualmente, el conductor apagó el motor y se apeó. El perforador no conocía a este nuevo tipo. No iba a molestarse en intentarlo, no a la velocidad con la que la corporación quemaba a los empleados. El perforador subió al vehículo y se dispuso a trabajar.  Durante la siguiente hora, el perforador atravesó otros treinta pies de lava. Apenas podía oír su música por encima del aullido de las hojas y los resoplidos el motor. Definitivamente iba a tener que hacer otra visita al otorrino dentro de poco. Necesitaba terminar su certificación y salir de los pozos antes de que sus oídos se fueran a paseo.  De repente, la pared rocosa delante suyo se derrumbó. El ordenador mostró una advertencia y el perforador apagó rápidamente las hojas. Debía haber alcanzado una bolsa de lo que pasaba por aire en este planeta, o algún otro gas. Esperó y deseó que el techo del túnel aguantara. La llovizna de guijarros finalmente se detuvo. Cogió su sensor de aire y salió fuera. Los protocolos de la compañía estipulaban estrictamente que las bolsas tenían que ser sondeadas en busca de gases inflamables antes de que la máquina pudiera reanudar el trabajo.  El perforador avanzó más allá de las hojas del Raspador, todavía humeantes en el frío aire, y empezó a escanear en frente de la máquina. Todo parecía despejado. Por lo menos no había ninguna señal de peligro. Siguió avanzando, intentando ver qué podría haber causado el derrumbe.  Entonces fue cuando lo vio. El sensor cayó ruidosamente al suelo.

*  *  *  *  *

 

El mundo chatarra de Spider en el sistema Cathcart se consideraba una zona neutral para piratas, fugitivos, y otras personas de mala reputación. En este momento era cualquier cosa menos seguro para Tonya Oriel, científica renegada y exploradora que estaba corriendo a toda velocidad por sus estrechos y retorcidos pasadizos. Esto se estaba volviendo una costumbre.  El pago por el yacimiento de kherio en Hades había sido más grande de lo que ella había esperado. La mayor parte de él había desaparecido inmediatamente en las fauces de acreedores y prestamistas que estaban llamando en su proverbial puerta. Otra parte le permitió hacer unas cuantas mejoras a su nave, pero el resto estaba destinado a adquirir un capricho: un códice tevarin, el texto original para su religión guerrera. Tras la Purga de la Segunda Guerra Tevarin sólo quedaban un par de docenas. Varios museos y coleccionistas se habían apoderado de todos los volúmenes conocidos, pero su arreglador había conseguido uno de alguna manera. Sólo fue después de que Tonya apareciera y le pagara que se dio cuenta repentinamente de su valor y triplicó su precio. De forma que Tonya agarró el códice y se fue corriendo. Un disparo láser la adelantó y chamuscó la pared. Tonya miró atrás. Era Nagia, el saqueador, trotando tras ella con su pierna mala, una pistola, y una expresión desagradable.

-¡No tienes a dónde correr, chica! –gritó y hizo otro disparo.

-¡Teníamos un trato, Nagia! –le gritó ella como respuesta sin aminorar el paso.

-¡Los tratos cambian! –replicó Nagia disparando de nuevo para recalcarlo.

-¡Eso no tiene ningún sentido! –se quejó Tonya esquivando a los miembros de una tripulación que acaba de llegar y cortando hacia los hangares. Los tripulantes se apresuraron a cederle el paso al lunático con una pistola.

Nagia gritó frenéticamente a su tripulación a través de su comunicador. Por suerte, estaban demasiado ebrios como para darse cuenta. Nagia resopló mientras sus pies atronaban sobre el suelo de metal. La cabeza empezó a darle vueltas. No había corrido así desde hacía tiempo.  Dio la vuelta a la esquina que llevaba al hangar a tiempo de ver cómo los motores cobraban vida, haciéndole salir volando a través de la puerta.  Tonya había encendido la Beacon II a distancia, unos de los nuevos trucos útiles de su nave. Corrió hacia la rampa de abordaje. Mientras ocupaba el asiento de piloto, Nagia volvió a entrar en el hangar y disparó contra la cabina. Los escudos apenas brillaron un poco al absorber sus disparos. Era como arrojar guijarros a un acorazado.  Nagia corrió a hacer señas a los guardias de cubierta, los que servían en las torretas. Tonya no esperó a ver si lograba atraer su atención. Nagia contempló como el destello de sus motores desaparecía en la distancia. Iba a ponerle las manos encima; sólo tenía que averiguar cómo…  Tras unos momentos, se dio por vencido y regresó a su bar.  Con Spider bien lejos, Tanya fijó su rumbo. Sabía que una ración de comida de verdad, una copa de vino y su nuevo códice eran todo lo que necesitaba para olvidar lo desagradable de su trato con Nagia.  Un mensaje apareció en su pantalla.  Supuso que era un trabajo. Los detalles estaban escritos en una evasiva jerga legal, pero iban a pagarle sólo por escuchar la oferta. Llegaría en tres días si partía inmediatamente.

Parecía que la comida de verdad iba a tener que esperar.

*  *  *  *  *

 

La Beacon II descendió a través de la atmósfera en medio de una tormenta eléctrica masiva. Tonya sobrevoló vastas trincheras de terreno hendido y abierto antes de aterrizar en el lugar donde la Shubin Interstellar tenía su sede corporativa. Un par de guardias de seguridad la escoltaron hasta una pequeña habitación blanca. Un abogado alto y demacrado le ofreció una agradable sonrisa antes de empezar a mostrarle docenas de acuerdos de confidencialidad y otros ejemplos de letra pequeña jurídica. Ella leyó los textos hasta que empezaron a dolerle los ojos. Tras una hora, decidió interrumpirle.

-¿Podría decirme al menos en qué consiste el trabajo?

-Lo lamento, señorita –contestó el abogado con una sonrisa amarillenta. Me veo obligado a no revelar ningún dato pertinente hasta que usted haya rellenado correctamente el…

-Vale, vale. Lo pillo.

Se dejó caer sobre la mesa. El abogado prosiguió. Ella le dio su consentimiento verbal, un puñado de huellas dactilares, incluso su firma. Por fin, el abogado pareció sentirse satisfecho. Ella se quedó mirándole expectamente.

-¿No hay muestras de sangre? ¿Orina?

El abogado la miró desconcertado.

-No, señorita. No creo que eso sea necesario.

-¿Y ahora qué?

-La tarifa introductoria está siendo transferida a su cuenta en estos momentos.

El abogado se puso en pie y la llevó fuera. Caminaron por pasillos de un blanco prístino. Se detuvo ante otra puerta y colocó su pulgar sobre la cerradura. La puerta se abrió, revelando una sala de conferencias más grandes. Una gruesa ventana rectangular ofrecía una vista del lugar de excavación. Tonya entró y miró a la gente que ya estaba dentro. Reconoció a la mayoría de ellos; Deke Johnson, Squig Bentley, Arthur Morrow, eran otros exploradores en el sentido más amplio de la palabra. Eran ladrones de tumbas, saqueadores, borrachos y drogadictos aficionados a la historia. Si esta era la competencia de Tonya, se sentía ligeramente ofendida de estar en una lista con estos degenerados.

-Bien, bien, bien –dijo una voz detrás de ella. Tonya se quedó helada, reconociéndola instantáneamente -. Qué casualidad encontrarte aquí.

Tonya se dio la vuelta. Senzen Turov le estaba mostrando esa sonrisa radiante suya.

-Encantado de verte, Tonya –dijo avanzando para darle un abrazo. Tonya lo detuvo apoyando una mano en su pecho y empujándolo hacia atrás. Fingió ofenderse -. ¿Qué ocurre?

-Sólo pasaba por aquí.

-Vamos, Tonya. No me digas que todavía estás molesta por…

-… ¿porque me dejaras en la ruina? –contestó Tonya mirando por laventana-. Creo que ya lo he superado.

-Eso espero, robaste mi nave y la vendiste a los piratas.

-Con esas reliquias Xi’An, podrías haberte comprado dos más.

-En realidad, tres.

Senzen estiró los brazos y se apoyó contra la pared al lado de ella. Paseó su mirada por la habitación, visiblemente aburrido.

-¿Alguna idea de qué va todo esto?

-No.

-Quizás deberíamos formar equipo. ¿Cómo en los viejos tiempos?

-Antes preferiría trabajar con Squig –replicó Tonya. En ese momento perfecto, Squig eructó y soltó un pedo al mismo tiempo. Parecía bastante complacido consigo mismo.

-Ya, bueno, la Tonya que yo conocía necesitaba un hombre que fuera su igual, alguien que le supusiera un desafío –dijo Senzen acercándose un poco más. Tonya lo miró. Sus ojos se encontraron.

-¿Es eso lo que te piensas que eres?

-¿Un hombre?

-Mi igual.

La puerta volvió a abrirse. Gavin Arlington, CEO de Shubin, entró en la sala. Casi no parecía real. Cada cabello, arruga y pliegue de su traje parecía tener un propósito, como si exigiera a su cuerpo la misma eficiencia que exigía a sus trabajadores. Estaba flanqueado por el capataz del lugar y un ejército de estoicos asistentes. Sus ojos esmeralda evaluaron rápidamente la chusma de la habitación.

-Vengan conmigo.

Arlington los condujo al exterior. Todas las operaciones mineras al alcance del oído habían sido interrumpidas. Sólo se oía el aullido del viento, los ahora lejanos truenos, y el crujido de la gravilla bajo sus pies mientras caminaban hacia los pozos. Pasaron cuarenta y cinco muchos de silenciosa marcha. Senzen miró a Tonya, sinceramente desconcertado. Ella se encogió de hombros y meneó la cabeza. Esto era realmente extraño. Se estaban acercando a un nuevo corte, oculto en la oscuridad a medida que el sol se ponía delante de ellos. Arlington se detuvo al borde de la sombra, junto a uno de los Raspadores. Deke Johnson tropezó y estuvo a punto de caer. Arlington se volvió hacia el grupo.

-Sin duda se estarán preguntando por qué les he convocado aquí –dijo Arlington con una mirada desdeñosa hacia Deke. Hizo un gesto de asentimiento al capataz.

La brecha recién cortada se llenó de luz. A todos les llevó un segundo acostumbrarse a ella. Tonya bizqueó y se fijó en una irregularidad brillante en medio de la negra masa rocosa que tenía delante. Incrustada en la pared de lava había una superficie metálica y lisa, pero no se trataba de una veta de mineral o mena. Era una placa fabricada y moldeada. El primer instinto de Tonya fue que se trataba de restos de algún tipo. Eso no era lo que resultaba sorprendente…  En su superficie había escrita una sola palabra difuminada.

Artemis.

 

Capítulo 2

La Artemis.

Lanzada en 2232, era una nave generacional con cinco mil almas en crioestasis dirigiéndose hacia GC 667Cc con Janus, un Núcleo IA, al timón. Fue la primera expedición a las estrellas de la humanidad. Poco después de haber abandonado nuestro sistema solar y internarse en espacio desconocido, perdimos el contacto. Habían cambiado tantas cosas desde ese día: puntos de salto, Primeros Contactos, logros elevados y tragedias en prácticamente igual medida. A pesar de los centenares de expediciones, estudios y simulaciones realizados a lo largo de los siglos, nadie llegó a encontrar nada. Muchos acabaron asumiendo que se había estrellado, volado al interior de una estrella o caído dentro de un punto de salto. La Artemis se convirtió en una leyenda.

Hasta ahora…

*  *  *  *  *

 

Tonya se quedó mirando un fragmento de historia. Aquí, rodeado de lava, se encontraba el santo grial de los exploradores de toda la galaxia. Por lo menos, una parte de él. Su mente apenas era capaz de sobreponerse al torrente de pensamientos, esperanzas e ideas que la asaltaron en el instante en que lo vio. Miró alrededor. Todos los demás estaban igual de asombrados que ella. El rostro de Senzen iba mudando de expresión como si se estuviera reiniciando a sí mismo para poder comprender lo que estaba mirando. La visión de la Artemis había sido capaz de alcanzar incluso el cerebro empapado de alcohol de Squig. “¡Ni hablar!” era todo lo que era capaz de decir. Gavin Arlington le concedió a todos unos breves momentos para que se hicieran cargo de la situación. Finalmente, se aclaró la garganta. Era obvio que la presencia del CEO era necesaria en otros lugares.

-Ahora ya saben por qué les he convocado a todos ustedes aquí –dijo mientras un ayudante le entregaba un MiniGlas, que fue leyendo a medida que continuaba hablando-. Lo que tenemos aquí es una situación delicada…

-¿Qué tiene de delicado? Tiene que contárselo a la gente – interrumpió Deke Johnson. Todos los ayudantes de Arlington abrieron los ojos por el asombro y la indignación de que semejante desecho de la sociedad se atreviera a interrumpir a su jefe.

-No, señor Johnson, eso es precisamente lo que no voy a hacer –replicó Arlington, sin apenas interrumpir su discurso-. En caso de que alguno de ustedes no estuviera de acuerdo con mi decisión, permítanme recordarles que en base a los acuerdos que han firmado todos, si cuentan una palabra de esto a cualquier otra persona sin mi autorización expresa, el infractor, su familia y sus amigos serán eviscerados legalmente, profesionalmente, financieramente, socialmente… -miró a su abogado-  ¿físicamente?

El abogado asintió.

-Físicamente –terminó Arlington.

-Informar a la UEE significaría la clausura de este mundo, y… evisceraría… su operación minera – -replicó Tonya.

Arlington miró a su alrededor y sonrió. La absoluta falta de emoción tras ese simple gesto humano provocó escalofríos a Tonya.

-No tiene ningún sentido notificar a las autoridades o la comunidad científica hasta que sepamos qué hemos encontrado. Por eso están ustedes aquí. Quiero hallar el lugar donde se estrelló la Artemis. Los escáneres de minería y el personal de mi instalación estarán a su entera disposición. Quien encuentre los restos de la nave compartirá el crédito por el descubrimiento así como una atractiva remuneración.

Todos se miraron el uno al otro, evaluando a sus competidores. Arlington aguardó expectante.

-Pueden empezar ahora –dijo finalmente.

*  *  *  *  *

 

Tonya regresó apresuradamente a la Beacon II. Atravesó corriendo la bodega de la Freelancer, agarrando herramientas de excavación, escáneres, capturadores de video, su MiniGlas biblioteca… se detuvo un segundo para recuperar el aliento. Cada fibra de su ser estaba en llamas, cargada con la posibilidad de ser la persona que revelara el destino de la Artemis. Era todo tan difícil de creer. Se dio un momento para disfrutar de la emoción que sentía. Corrió de vuelta al lugar de excavación. Cuando llegó allí, Tonya comprendió que no era la única que se sentía entusiasmada por el posible descubrimiento. Senzen ya había encargado al personal de minería que excavara el fragmento de la Artemis. Iban socavando con cuidado el bloque de lava negra, intentando ver cuanto más del antiguo metal yacía enterrado. La Cutlass de Deke Johnson los sobrevoló, levantando una tormenta de rocas sueltas. La panza de la nave estaba iluminada por los escáneres sondeando el paisaje circundante. Sobre una colina cercana, Squig bebía de su petaca mientras blandía un escáner casero. Arthur Morrow pasó caminando a su lado cargando equipo y escáneres de roca profunda. Apenas prestaba atención a ellos o al artefacto.

-¿No estás interesado en analizar esto, Art? –preguntó Tonya desempaquetando su cámara y herramientas. Arthur la miró y resopló.

-El dinero no está en eso. El dinero está en algún sitio ahí fuera –contestó haciendo un gesto al mar de lava solidificada que los rodeaba y continuó su camino.

-A algunas personas les falta visión –le dijo Senzen a Tonya con una sonrisa.

Tonya sacó una serie de fotos del fragmento de la Artemis y las fue uniendo hasta componer una imagen. Una vez hubieron encajado todas las piezas de la imagen, la comparó con una base de datos de imágenes de la Artemis, intentando determinar a qué parte de la nave podría proceder el fragmento metálico. Tonya se dio cuenta de que Senzen estaba de pie detrás de ella.

-Esa es una buena idea – sonrió maliciosamente y volvió a dar órdenes a los trabajadores.

-Alguien debería decirle a Deke que deje de escanear desde tan cerca. La gravilla podría dañar el metal.

El MiniGlas de Tonya emitió un zumbido. Basándose en las letras grabadas y las marcas descoloridas, había muchas probabilidades de que lo que estaban viendo hubiera formado parte del fuselaje del propulsor de estribor. Era un dato útil pero no concluyente. Ese trozo de fuselaje podría haberse desprendido mientras la nave se estrellaba o en el espacio. En el transcurso de las siguientes horas, Tonya, Senzen y los trabajadores lograron extraer con éxito el fragmento y lo depositaron cuidadosamente en el suelo. Tonya rodeó lentamente el metal y lo fotografió desde todos los ángulos. En su totalidad, la pieza medía aproximadamente dos por cuatro metros. Los bordes habían quedado fundidos por el baño de lava. Por suerte, su blindaje térmico había conseguido proteger esta parte de ella durante el tiempo suficiente para que la lava se enfriara. Cuando hubo terminado, Tonya se sentó y se quedó mirando el artefacto.

-Bastante difícil de creer, ¿verdad? – dijo Senzen sentándose en la grava a su lado. Bebió un poco de agua.

-No puedo dejar de mirarlo –replicó ella-. Después de todo este tiempo, podríamos llegar a saber…

-Sí –asintió él y le ofreció el agua. Tonya miró la botella vacilante.

-Tranquilízate, Tonya. Somos competidores, pero eso no significa que no podamos ser civilizados.

Tonya tomó la botella y bebió. No se había dado cuenta de lo sedienta que estaba y acabó bebiéndosela entera.

-De nada –dijo Senzen con una sonrisa.

-Lo siento.

-No te preocupes. Me pueden traer unas cuantas más.

Senzen miró a su alrededor. Uno de los ayudantes de Arlington partió apresuradamente hacia la sede corporativa a por más botellas.

-¿Ya tienes a sus ayudantes yéndote a buscar cosas?

-Trabajo rápido –replicó Senzen encogiéndose de hombros. Cogió las botellas-. Salud y gracias -. El ayudante se esfumó. Senzen se volvió hacia Tonya -. ¿Vamos?

Estudiaron minuciosamente cada pulgada del metal de la Artemis, por delante y por detrás. Tonya lo limpió lo mejor que pudo, y luego buscó cualquier indicio que sirviera para explicar lo que le había sucedido. No había nada. Los bordes estaban fundidos hasta un punto que resultaba imposible determinar si el panel de fuselaje había sido arrancado o no. Analizó muestras microscópicas del metal. Otro callejón sin salida. Volvió a sentarse y trató de desconectarse del rompecabezas. Con la esperanza de que unos cuantos minutos sin pensar en ello le dieran algo de perspectiva, se fijó en Deke, quien seguía escaneando el paisaje desde su nave. Squig estaba estirado sobre la ladera de la colina intentando arreglar su escáner. Sacó un módulo de exploración entero y lo arrojó pendiente abajo. Entonces se vio golpeada por la inspiración. Conteniendo su impulso de echar a correr, intentó dar un paseo casual hasta el artefacto. Escaneó de nuevo los bordes del panel de fuselaje. Senzen se le acercó.

-¿Tienes algo?

-No lo sé. Quizás –contestó Tonya recorriendo con los dedos el borde del metal-. Pero si lo tuviera tampoco te lo diría.

-Me parece bien –fue su respuesta. Se inclinó hacia ella y observó.

Tonya agarró el metal y comprobó su peso. Podía darle la vuelta por su cuenta, pero no sin que se le escapara o correr el riesgo de dañarlo.

-Dadme una mano –dijo a los trabajadores. No se movieron, se limitaron a mirarse el uno al otro y luego a Senzen.

-Sí, ya he llegado a un acuerdo con ellos para que sólo me ayuden a mí –comentó Senzen encogiéndose de hombros con expresión de inocencia.

Tonya le fulminó con la mirada y luego dio la vuelta al artefacto ella sola. La cara metálica golpeó contra el suelo revelando el otro lado. Le dolió hacerlo, pero no iba a ceder ni una pulgada ante Senzen.

El lado interior de la placa era muy parecido al exterior. Metal. Fundido. Había un trozo menos deformado que el resto. Tonya examine cada milímetro con su zoom óptico. Por fin, encontró un borde. Un borde limpio.

Eso era. Tuvo que disimular la oleada de euforia que sentía para no revelar su mano. Miró a su alrededor, pero Senzen había desaparecido.

*  *  *  *  *

 

Cinco minutos después, Tonya estaba fuera de la oficina temporal de Arlington. El ayudante la acompañó al interior. Tonya volvió a contener el ansia de subir corriendo esos últimos escalones. Arlington estaba tras su escritorio, revisando entradas de datos sobre los activos de la compañía.

-¿Ha encontrado algo? –preguntó sin levantar la vista.

-No creo que esto sea el lugar de un accidente, señor Arlington.

Arlington le concedió por fin su atención. Tonya mostró unas cuantas fotos y amplió la sección indemne hasta encontrar el borde limpio.

-¿Ve eso? El borde no fue desgarrado o doblado. Fue cortado –dijo Tonya mostrando varias pantallas de datos adicionales sobre sus hallazgos-. Mi análisis indica que fue realizado con un láser de precisión que, aunque tosco comparado con los estándares actuales, coincido históricamente con el tipo de tecnología incluía en la Artemis.

-Prosiga.

-Creo que se pararon aquí para hacer reparaciones –dijo Tonya, sintiendo volver esa euforia -. Sigue ahí fuera.

-Todo un descubrimiento en efecto, señor Turov –dijo Arlington a una puerta lateral. Tonya miró a su alrededor, confundida. Senzen entró en lasala.

-Le dije que habíamos descubierto algo grande –dijo Senzen poniéndose al lado de Tonya.

-¿Habíamos? –balbuceó ella. Su confusión dio paso rápidamente a feroz indignación-. Señor Arlington, no sé qué es lo que le habrá contado…

-Señorita Oriel, por favor –la interrumpió Arlington haciendo un gesto con la mano-. Me ha convencido.

Tonya miró a Senzen, deseando repentinamente poseer poderes piroquinéticos.

-La oferta sigue en pie –dijo Arlington mientras volvía a centrar su atención en sus entradas de datos-. Ahora, vayan ambos a encontrarla.

 

Capítulo 3

Tonya avanzaba a grandes zancadas por el pasillo con Senzen siguiéndola de cerca. Los empleados de la Shubin se apartaban de su camino. Unos minutos antes, Arlington los había abandonado dejándolos en presencia de uno de sus ayudantes, quien había explicado el funcionamiento de las cuentas de gastos y el protocolo de contacto. Tonya apenas prestó atención; todavía estaba echando humo por la jugarreta que Senzen le había gastado.

-Entonces, ¿por dónde quieres empezar a buscar? -dijo Senzen sonriendo mientras le daba una patada al nido de avispas. Funcionó. Tonya se dio la vuelta.

-¿Cómo diablos has podido venderle ese montón de mierda? –contestó ella al tiempo que le daba un empujón–. Era imposible que supieras lo que yo había encontrado.  -Empujón número 2.

-Para ser alguien tan fascinado con las civilizaciones, realmente deberías aprender más cosas sobre la gente.

-Dímelo –insistió Tonya dándole un nuevo empujón. Senzen suspiró.

-Arlington es probablemente la única persona en el universo a la que no podría importarle menos la Artemis.

Un asistente corrió hasta Senzen y le entregó una taza de café.

-Ah, maravilloso, gracias –dijo sonriendo al asistente, luego volvió a dirigirse a Tonya-. Simplemente le he contado que habíamos estado trabajando juntos en el análisis del fragmento y encontrado algo que podría ser grandioso. Yo no quería hablar fuera de turno antes de que hubieras terminado con tu análisis, así que vine corriendo hasta aquí para asegurar una reunión rápida. Su imaginación, o cualquier programa en su cabeza que se encargue de esa función, hizo el resto.

Tonya se quedó mirándolo. Senzen tomó un sorbo de su café y esperó.

-Mantente fuera de mi camino.

-¿Eso es todo? –Senzen meneó la cabeza, decepcionado-. Venga Tonya, solías ser más ingeniosa que eso.

-¿Qué tal, no tienes ninguna oportunidad contra mí, y lo sabes? –tras decir esto, Tonya se dio la vuelta y empezó a alejarse.

-Eh, mejor –gritó Senzen-, pero a lo mejor te sorprendo.

*  *  *  *  *

 

Para cuando Tonya estuvo de vuelta en su nave, su mente ya había desmantelado la amenaza de Senzen Turov. Era un explorador astuto, eso seguro, pero Tonya sabía que su talento era sociológico antes que histórico. Durante el tiempo que mantuvieron su asociación condenada al desastre, Senzen demostró ser capaz de obtener información de las fuentes más improbables, pero esto era la Artemis. No había nadie con el que poder hablar, ningún soplón que pudiera darte información, todo estaba encerrado en la historia. Esa era la especialidad de Tonya. Estaba encendiendo los motores cuando un pensamiento, una sola idea paranoica, se apoderó de ella. Quizás Senzen tenía razón: necesitaba empezar a estudiar a la gente. Empezando con la posibilidad de que le hubiera dejado algún regalito. Realizó un barrido con los sensores por todo el casco en busca de señales de salida. Mientras se estaba efectuando, quitó el envoltorio de su nueva cámara de análisis y descontaminación y la programó para que hiciera lo mismo. Tonya entró en la cámara. Las barras de sensores giraron en torno a ella. Parecía que estaba limpia cuando… ping,

-Hijo de… -musitó saliendo de la cámara y mirando en la pantalla. Efectivamente, tenía un transmisor del tamaño de un guijarro colgando debajo de su cuello. Lo tiró al incinerador.

El barrido de sensores por toda la nave también estaba terminado. No había modificaciones extrañas ni se estaban transmitiendo señales no autorizadas.

-Buen intento, Senzen –murmuró Tonya mientras despegaba. Una pared de oscuras nubes se arremolinaba lentamente en el horizonte. Tonya vio un ejército de ingenieros de la Shubin preparándose para transportar el fragmento de la Artemis dentro del edificio antes de que la tormenta llegara hasta él. Atravesó las nuevas y dejó atrás el planeta.

Tonya dispuso un rumbo para el punto de salto más cercano. Necesitaba estar sola. Tenía un nuevo acertijo por resolver y necesitaba ver con qué podía trabajar, de manera que cuantas menos distracciones tuviera, mejor. Pasó por el punto de salto hacia el sistema Cronos. La masa inconclusa del Sythnworld era apenas visible contra el lejano sol. Las fuerzas militares de la UEE estaban practicando simulacros cerca, pero Tonya fue capaz de encontrar una bonita parcela de nada. Puso la nave en reacción automática y abandonó la cabina para dirigirse a la parte posterior de la nave. Sacó todo el equipo que tenía y lo apuntó todo en la pantalla de la pared.

Lo mejor era empezar por el principio: puso en marcha un programa que convirtiera sus fotografías en un modelo 3D. A continuación se fijó en el mapa estelar. El destino original de la Artemis era GJ 667Cc, que se creía (en esa época) que podría ser un posible planeta habitable del tipo súper-Tierra. El fragmento de la Artemis fue hallado en el sistema Stanton, que estaba muy lejos de la trayectoria correcta para un viaje hacia el cúmulo estelar Gliese. Entonces, ¿qué había pasado? ¿Por qué se desvió la nave? De acuerdo con su hipótesis de que la Artemis se había detenido para realizar reparaciones, ¿continuaría Janus con su destino original cuando la nave reemprendiera su viaje? Tonya rebuscó por libros y artículos. Decidió inmediatamente descartar cualquier cosa que no fuera una certeza verificable. Las biografías, disertaciones y simulaciones eran pura especulación. Aunque había algunas grandes mentes que habías intentando resolver el misterio de la Artemis, en última instancia sólo podían hacer conjeturas, y Tonya no quería que su nueva evidencia se viera afectada por nociones preconcebidas. Por desgracia, este enfoque descartaba el noventa y ocho por ciento del material disponible. Lo que quedaba no era más que trozos de datos, la ocasional cita de algún tripulante antes del despegue, y archivos de documentos de los canales de noticias acerca del lanzamiento en sí: el momento en que Janus asumió el control de la nave y encendió sus motores para internarse en el espacio desconocido. Pasaron cuatro horas. Tonya tenía la mirada fija en la pared, con su hinchada lista de preguntas y inexistente lista de respuestas. Tonya hizo rotar el modelo 3D del fragmento de la Artemis una y otra vez, esperando que le viniera algún tipo de inspiración. No le venía.

A pesar de eso, sí que se le ocurrió algo. El Museo Hartley. Tonya recordó haber visto hace años un artículo acerca de los intentos del museo por revelar “la exhibición sobre la Artemis más completa hasta la fecha, con impactantes nuevas evidencias” o alguna tontería parecida. En ese momento, lo había desdeñado como efectismos baratos para atraer a los ignorantes. Ahora, quizás valiera la pena darle un vistazo.

*  *  *  *  *

 

El Museo Hartley ciertamente palidecía en comparación con los establecimientos mucho más venerables del repertorio de museos de Londres. Su fachada se estaba desmoronando, y no de una forma precisamente venerable. Andrajosas banderas recicladas ondeaban en su porche anunciando la exhibición del “Desfile de los Reyes Antiguos de la Tierra”. Tonya compró una entrada al hosco anciano de la ventanilla y entró empujando el barato torniquete de seguridad. El lugar estaba desierto. El sonido de sus pasos resonaba contra las paredes de imitación de mármol en la distancia. Examinó por encima una colección de esqueletos y momias apañados para que parecieran antiguos egipcios. Se detuvo ante un sarcófago con el esqueleto de un “faraón” en su interior.

-Buenas tardes, señorita –dijo una voz alegre tras ella. Se dio la vuelta. Era el mismo anciano de la taquilla de entradas, ahora vistiendo una chaqueta diferente y llevando gafas-. Estos son los restos mortales del poderoso faraón Kefrén, arquitecto de la inmortal Esfinge de Guiza.

-¿El faraón Kefrén? –repitió Tonya. Se inclinó para tener una mejor vista de los restos.

-En efecto. Su reinado durante la cuarta dinastía fue…

-Este fue un esclavo.

-Perdón, ¿cómo dice? –dijo el anciano dando un respingo.

-El desgaste y las cicatrices en los huesos alrededor de los tobillos indican que tuvo que transportar objetos pesados, de forma que probablemente sí que fue un arquitecto de la Esfinge, pero más del tipo que tenía que transportar piedras.

El anciano se quedó mirándola, aturdido y también un poco avergonzado.

-Yo…

-No pasa nada –le tranquilizó Tonya-. Quería preguntarle acerca de la exhibición sobre la Artemis que estuvieron intentando hacer.

-Oh, ojala hubiéramos podido –contestó el anciano desanimándose todavía más-. Se suponía que iba a ser nuestra salvación. Gasté hasta el último céntimo que teníamos intentando conseguir todos esos artefactos.

-Entonces, ¿siguen aquí?

-El banco se los quedó como garantía por préstamos no devueltos –dijo el anciano dejándose caer sobre un banco-. Dígame, ¿cómo se supone que voy a pagarles si no tengo ninguna exhibición nuevo de la que poder vender entradas?

-¿Qué es lo que compró?

-Eran unos cuantos de los diarios personales de la capitana Danvers, esquemas y secuencias grabadas de prueba de la nave, una copia original de la IA Janus, conseguí incluso…

-Uau, frene un poco –le interrumpió Tonya y se sentó a su lado en el banco-. ¿Encontró una copia del programa IA?

-¿Janus? Sí, y no me salió barato, se lo aseguro.

-¿Cuál es el nombre de su banco?

El anciano, cuyo nombre era Melvin Hartley Jr, tal y como llegó a enterarse Tonya, se lo dijo. Tonya dejó a Hartley en su silencioso y vacío museo mientras se encaminaba a hacer unas cuantas averiguaciones por su parte. La representante del banco fue servicial pero desdeñosa. Explicó que el banco tomaría en consideración cualquier oferta seria para la compra de los artefactos, pero tendría que ser examinada, lo cual llevaría semanas. Por desgracia, Tonya no disponía de tanto tiempo. Lo que significaba que tendría que robarlos.

 

Capítulo 4

Tonya llevó a almorzar a Melvin Hartley Jr. El anciano parecía necesitarlo. A cambio, estuvo más que contento de compartir todo lo que sabía sobre el banco. Una de las instituciones más antiguas de la UEE, el Banco Nebula le había concedido a la tatarabuela de Hartley su primer préstamo para abrir el museo. Desde entonces, había ido creciendo hasta convertirse en un mastodonte financiero, volviéndose cada vez más despiadado a medida que pasaban las décadas. Ahora, según parecía, el Nebula poseía técnicamente la colección de reliquias de la Artemis embargadas que habían sido adquiridas por el Museo Hartley.

-Créame, a la representante no le gustó nada mi solicitud para un préstamo –dijo Melvin mientras soplaba para enfriar su taza de té-. Pero dado que el museo es uno de los primeros clientes del banco, sus manos estaban atadas. Es por eso que fueron intratables, totalmente intratables, cuando me salté un pago. Sólo uno.

Tonya iba asintiendo mientras escuchaba. Resultaba difícil no sentir simpatía por el hombre. Quizás le gustaba demasiado la teatralidad, pero incluso ella se daba cuenta de que amaba con pasión genuina el museo. Costaba no empatizar con ese nivel de desesperación. Deseó saber qué decirle. Lo más probable es que acabara perdiendo el museo. Expresar sus condolencias le parecía trivial y sin sentido. Hartley no la conocía de nada, ¿por qué iba a importarle que ella dijera que lo sentía? Su dolor comunal no iba a invocar místicamente una solución financiera. De nuevo, ¿para qué iba a servir?

Así que lo dejó a solas. Hartley se quedó sentado en silencio, soplando sobre su té, antes de tomar finalmente un sorbo.

* * * * *

 

Hartley le dio las gracias por el almuerzo y regresó al museo. Tonya le vio alejarse por la calle hasta desaparecer tras una esquina. Entonces centró su atención en el Nebula. El banco era un obelisco de metal y vidrio. Sólo en el camino que llevaba al vestíbulo, contó dieciséis dispositivos anti-intrusión dentro del edificio. Había cámaras, sensores de movimiento, de imagen térmica, zarcillos de micrófonos en el suelo, y recargadores de nanodrones incrustado en cada panel. Esto sólo en el vestíbulo. Le dolió la cabeza al pensar qué podían tener en mente para la bóveda de seguridad. El centro del vestíbulo estaba lleno de cubículos y cabinas abiertos. Del suelo de mármol se alzaban estrados para efectuar transacciones sencillas o buscar información sobre cuentas. Todos los empleados del banco vestían los mismos uniformes de color azul oscuro. Todos ellos mostraban la palidez de la cera, y llevaban el pelo engominado o peinado hacia atrás. Parecían humanos condicionados para actuar como robots. Resultaba desconcertante.

-Buenas tardes, señorita Oriel –le dijo un joven de veintipocos años mientas se acercaba. Debían tener también escáneres de retinas-. ¿Puedo interesarla en una cuenta de ahorros –con unas tasas modestas?

-Claro que sí –contestó Tonya con una sonrisa. El empleado del banco la llevó a través del laberinto de cubículos hasta su diminuta oficina donde se sentaron. Empezó su discurso de ventas, comparando y contrastando las diferentes cuentas de transacciones y ahorros que el banco ofrecía, el número de sucursales que el Nebula ofrecía actualmente, etcétera. Tonya no prestó atención a la mayor parte del discurso, aunque se percató de que las cargas por el servicio eran ridículamente elevadas. Estaba más atenta a obtener datos por su cuenta. A juzgar por la pantalla del empleado, el banco utilizaba una Red Kraken –un sistema bastante complicado con un amplio repertorio de añadidos de seguridad, pero en su mayor parte de código abierto. Parecía que en los sistemas de sus empleados no utilizaban paneles de acceso por huellas dactilares o escáner de retina.

-Así que, ¿podemos proceder a la firma? –preguntó el empleado sonriendo categóricamente.

-Esta es una decisión financiera realmente grande. Se trata de mi futuro, ¿sabe? –respondió Tonya ofreciéndole su mejor expresión de reflexión y consideración-. Voy a tener que pensar con detenimiento sobre esto.

-Pero…

Tonya se fue. Había sido un poco demasiado optimista al asumir que sería capaz de irrumpir en el banco. Cuanto más veía, menos le gustaban sus probabilidades. Fuera, se puso en contacto con un miembro de la legión de ayudantes de Gavin Arlington y le explicó sus motivos para adquirir los artefactos directamente del banco. El ayudante fue seco pero educado. Le dijo que transmitiría su mensaje a Arlington y se pondría en contacto con ella cuando tuviera su respuesta. De nuevo en la Beacon II, Tonya empezó a examinar las redes del Banco Nebula. Nada serio, sólo un par de toques y sondeos para poner a prueba su tiempo de reacción. No le ayudó mucho a calmar sus temores. Pero encontró algo de interés mientras revisaba las últimas novedades sobre los accionistas públicos: El Banco Nebula poseía una participación mayoritaria en una empresa llamada Reclamaciones Públicas, una instalación de almacenamiento local. Era un detalle curioso que se hacía aún más interesante cuando descubrió que sus servicios privados mencionaban como su especialidad la reposesión de bienes y propiedades. Además, su sistema de seguridad era una basura. A Tonya le llevó menos de una hora poder acceder a su red interna. Hizo una búsqueda utilizando el número del expediente de Hartley que tenía el Nebula y obtuvo un resultado. Había seis cajas almacenadas en su almacén en Kensington. Quinto piso. Lote #45ZB. De repente, el plan de Tonya volvía a parecer viable.

*  *  *  *  *

 

Desgraciadamente, la seguridad en el almacén de Reclamaciones Públicas no era tan endeble como la de su red. Estudiando la arquitectura desde un tejado al otro lado de la calle, distinguió guardias de seguridad haciendo la ronda, cámaras visibles, y ventanas con alarmas. El edificio en sí tenía forma de cubo gigantesco, aislado en mitad del bloque de la manzana. No era de acceso fácil, especialmente para una autoproclamada “ladrona con motivos en sus ratos libres” como Tonya. En el lado positivo, parecía claro que entre los encargados había alguien con problemas de confianza, porque Tonya encontró un acceso remoto a un canal de seguridad separado que parecía estar centrado en los empleados. Transfirió de su MobiGlas al HUD del que estaban provistas sus gafas el acceso a la red. Ahora podría ver alternativamente a los guardias que estaban de patrulla, los del centro de seguridad, incluso los de la sala de personal. Aunque todavía no podía afectar los sistemas de seguridad del edificio, era mejor que nada. Tonya abandonó el almacén para ir a buscar sus herramientas. Una hora después, posó la Beacon II en la bahía de aterrizaje privada. Un representante de ventas le dio la bienvenida mientras los motores todavía estaban apagándose.

-Hola, ¿puedo ayudarla? –este representante era todavía más jovial que el anterior.

-Sí, necesito algo de espacio de almacenamiento –contestó Tonya mirando a su alrededor, como si lo estuviera viendo por primera vez. Se estaba esforzando al máximo para imitar a ese viejo transportista que estaba acostumbrada a oír en el Torchlight Express-. Ustedes hacen eso, ¿verdad?

-Eso es lo que pone en el letrero –bromeó el representante riendo nerviosamente. Tonya ni siquiera esbozó una sonrisa. El representante descartó cualquier otra futura broma-. Sí, está en lo cierto.

-Bien. Tengo cuatro coma setenta y ocho toneladas métricas de carga sin especificar que necesito descargar. ¿Cuentan con esa cantidad de espacio?

-Por supuesto, la instalación está equipada para…

-Vale, pero yo no lo sé. Tendré que echarle una ojeada primero.

-Por supuesto. Sígame.

El representante la llevó al interior.

-¿Tienen algo en el quinto piso? –preguntó Tonya mientras buscaba las cámaras de seguridad. El representante tartamudeó por un segundo y luego comprobó su Glas.

-Um. Tenemos algo, pero hay unidades disponibles en pisos inferiores.

-Sí, bueno, en mi experiencia, cuando la gente entra en un lugar, llegan primero a los niveles inferiores.

-Le aseguro que somos bastante seguros.

-Oh, estoy segura de que lo son. Complázcame.

El representante la llevó hasta el quinto piso, dándole su discurso de ventas durante todo el trayecto. La condujo por pasivos estrechos, todos ellos iluminados con los mismos fluorescentes planos. Atravesaron un conjunto masivo de puertas enrollables. A su lado había una pantalla enumerando un montón de números, incluyendo el de Hartley. Debía tratarse del almacén del Nebula. Tonya se detuvo ante la puerta del siguiente compartimento de almacenamiento. El mecanismo de cierre no estaba activado. Miró a ambos lados del pasillo. Había dos cámaras apuntadas al espacio de almacenamiento del Nebula y ni siquiera tenían una cobertura superpuesta. Podría permanecer debajo de una de ellas sin ser vista por la otra.

-¿Está disponible esta? –preguntó tocando la pantalla. La puerta subió enrollándose. El representante estaba unos cuantos pasos por delante de ella.

-Sí, señora –respondió mientras volvía hacia atrás apresuradamente-. Pero no creo que sea lo suficientemente grande para sus requisitos de tamaño.

Tonya entró dentro de la pequeña habitación polvorienta y miro a su alrededor.

-Esta me irá bien.

-Yo…

-Ya sé cómo trabajáis, chicos, intentaréis venderme un espacio que no necesito.

El representante parecía dispuesto a discutir, pero se arredró ante la amenaza de perder la venta. Tonya tenía la sensación de que estaba pillandole el truco a esto de la manipulación social. Un mes de alquiler por adelantado y un nombre falso fue todo lo que necesitó para que el representante le diera las gracias repetidamente y desaparecida de la vista. Tonya regresó a su nave. Cargó un par de cajas en su carrito antigravedad y volvió al interior del edificio. Una vez en su espacio de almacenamiento, abrió las cajas. Estaban vacías a excepción de algunas herramientas de intrusión y su MobiGlas. Comprobó su enlace con el centro de seguridad. Los guardias estaban ocupados hablando con el representante de ventas, quién se estaba pavoneando como si acabara de hacer la venta del siglo. De nuevo en el exterior, fijó su MobiGlas al extremo de una vara extensible y sacó una foto del ángulo de la cámara más cercana a la bahía de almacenamiento. Pasó la imagen a una pequeña pantalla portátil. Comprobando por segunda vez que los guardias seguían distraídos, colocó la fotografía a unos pocos centímetros delante de la cámara. En enlace que mostraba la imagen del monitor se puso negro a medida que la exposición automática se recalibraba, pero tras un breve espacio de tiempo recuperó la imagen. Los guardias no se dieron por aludidos. Tonya repitió el procedimiento con la segunda cámara. Hizo una derivación del mecanismo de cierre y en diez minutos la puerta estaba subiendo enrollándose. La bahía de almacenamiento del Nebula ocupaba el resto del piso. Era un laberinto de antigüedades y muebles embargados. Tonya maniobró el carrito antigravedad por los estrechos pasajes a medida que examinaba los números de lote. Finalmente encontró la colección de Hartley de reliquias de la Artemis apilada y envuelta en una lona. Comprobó el estado de los guardias. Estaban riéndose en silencio por algo que había dicho el representante. Cortó la lona y cargó las cajas en el carrito, guardándolas dentro de las que había traído. Mientras estaba volviendo a la bahía de aterrizaje de la Beacon II, el representante de ventas vino corriendo.

-¿Está todo en orden? –gritó.

-Sí, tenía usted razón. Mi material no cabrá.

-¿Quiere otro…?

-Está bien. Encontraré otro sitio.

-Pero…

Tonya cerró las puertas de la bodega y fue a la cabina. Los motores se encendieron y hizo despegar la nave, dejando en la bahía de aterrizaje a un representante muy confundido. Con la Tierra a su cola y haciéndose cada vez más pequeña, Tonya fijó su rumbo y fue a ver qué había adquirido Hartley. Abrió las cajas con mucho cuidado: cuando tuviera más tiempo, lo catalogaría todo con más detalle, pero por ahora la colección parecía consistir en su mayor parte en transcripciones del lanzamiento y diseños preliminares antes de llegar a… A juzgar únicamente por su apariencia, parecía un disco duro obsoleto suspendido dentro de un contenedor de archivos hermético y a prueba de golpes. Pero ella sabía lo que era: Janus. Una copia original de la IA que pilotó la Artemis. Tonya disfrutó del momento. No duró mucho, ya que la intensa curiosidad que la impulsaba volvió a dominarla. Quitó el polvo a un viejo sistema que podría aceptar el disco de Janus. Antes de pensar siquiera en activar a Janus, hizo todas las comprobaciones que se le ocurrieron, asegurándose de que el sistema huésped no estaba conectado directamente a su nave por nada que no más que cables de alimentación. Lo último que necesitaba era una IA apoderándose de su ordenador de vuelo. Cuando se sintió satisfecha, Tonya inspiró larga y profundamente. Abrió el contenedor de archivos donde estaba el disco de Janus. Parecía no haber envejecido ni un solo día desde que lo habían guardado. Tonya deslió los cables y los enchufó al sistema. Por tercera vez, lo repasó todo y comprobó tres veces las conexiones. Su dedo se posó sobre el botón de encendido del disco de Janus.

-Allá vamos –murmuró…

… y apretó.

 

Capítulo 5

Nada. Ni tan siquiera oscuridad. La oscuridad requiere espacio, una ausencia de luz, para poder existir. Este es el espacio entre circuitos silenciosos. Aquí no hay tiempo. No hay nada. Entonces, una chispa. La energía es transmitida por los conductos, chips y filamentos. Los procesos son activados. La comunicación empieza como un intercambio binario y se expande rápidamente a un lenguaje más complejo.Va surgiendo un sistema.

*  *  *  *  *

 

-Hola.

Tonya apartó la mirada del interior de la caja de reliquias de la Artemis que estaba examinando. El disco duro había estado cargando durante tanto tiempo, que casi había perdido toda esperanza de que fuera a funcionar, o que hubiera sido auténtico en primer lugar.

Se dio cuenta de que debería decir algo.

-Hola.

-Soy Janus.

-Hola, Janus.

Tony arrastró su silla hasta el obsoleto sistema que estaba utilizando como huésped para Janus. Nunca había hablado con una IA antes. Se sorprendió de lo raro que le parecía.

-Soy Tonya.

-Hola, Tonya. No apareces en mi base de datos de usuarios actual. Crearé un nuevo archivo de protocolo para ti –el sistema hizo clics a medida que las unidades de disco se ponían a trabajar-. Mi programación base indica que estoy destinado a pilotar un transporte de la RSI clase Chariot denominado Artemis, pero soy incapaz de conectarme con los controles de vuelo de la Artemis.

-Ya, bueno, en cuanto a eso…

-También estoy encontrando una incompatibilidad con el lenguaje de programación asociado.

-Janus, ¿en qué año estamos?

-Mi reloj interno indica 2232.2.12, pero la incompatibilidad de sistema actual me impide hacer una actualización.

Esa fecha era de meses antes de que Janus fuera instalado en la Artemis.

-Estamos en el año 2942.

-Entiendo -Janus estuvo callado unos instantes -. Me he perdido mi fecha de lanzamiento.

-Sí –dijo Tonya sonriendo levemente. Su interlocutor le resultaba gracioso-. La nave desapareció con la versión original de tu programa al timón. Esperaba que me pudieras ayudar a encontrarlos.

-Ese es un resultado desfavorable, pero no comprendo en qué forma puedo ser de ayuda.

Tonya explicó su plan al programa. Estaba construyendo una simulación, una compilación temporal de toda la información, transcripciones de órdenes y datos de vuelo desde la instalación de Janus al momento en que la Artemis desapareció del alcance. Había analizado muestras de lava tomadas del panel de fuselaje del motor de la Artemis descubierto en Stanton. El sistema estimaba que el panel había quedado enterrado hacía quinientos años, de forma que había añadido ese dato a la simulación como un ponto por el que la Artemis había pasado. En resumen, iba a hacer que su versión de Janus viviera setecientos años de viaje por el espacio vistos a cámara rápida.

-Tu simulación es imperfecta y sólo te proporcionará obstáculos y variables hipotéticas –dijo Janus con su monótona voz digital-. Hay muy pocas probabilidades de que mi núcleo adaptativo se desarrolle de la misma forma que el Janus original.

-Esa es una posibilidad –contestó Tonya encogiéndose de hombros. El ordenador emitió ruidos por unos momentos.

-Me reiniciaré antes de ejecutar la simulación para poder mantener la ilusión de que lo que estoy experimentando es de hecho la realidad, como dirías tú. Conservaré tu archivo de usuario para evitar… problemas… cuando la simulación termine.

Durante las próximas siete horas, Tonya introdujo los datos extraídos de las diversas cajas que había robado del almacén del Nebula mientras Janus depuraba el lenguaje de los parámetros de simulación.

-Estoy listo para empezar –dijo Janus tras hacer una comprobación final de la simulación.

-¿Cuánto tiempo va a durar la simulación?

-He ajustado mi reloj interno. Una semana para mí será un segundo para ti. A este ratio, y asumiendo que la simulación llega hasta la fecha actual, durará diez coma dos horas.

Tonya hizo otra comprobación complete del sistema y luego cargó su programa de monitorización.

-Lista cuando tú lo estés, Janus.

-Reiniciando, ahora.

*  *  *  *  *

 

REGISTRO TEMPORAL: Lanzamiento = -3d14h38m13s

Ajuste SINTAXIS. Perfil de usuario: Danvers, Lisa E., Capitán.

Diagnósticos de funcionamiento activos. Barrido completo. Sin filtros.

<<Entrada-Voz [Danvers, Lisa, Capt]: “Genera otro conjunto de acciones de contingencia para los nichos de estasis”.

Nicho de Estasis = Unidad de Estasis. Transporte para cinco mil pasajeros humanos. Cada unidad requiere 16,34j de energía para mantener las condiciones operativas adecuadas.

>>Habilitar VOZ: ¿Algún parámetro específico?

<<Entrada-Voz [Danvers, Lisa, Capt]: “No, usa tu imaginación”.

>>Habilitar VOZ: Ese es un concepto del que sólo tengo una comprensión externa.

<<Entrada-Voz [Danvers, Lisa, Capt]: “Fuera de la norma. Algo que no hayamos pensado ya”.

>>Habilitar VOZ: Lo intentaré, capitán.

Escenarios de contingencia anteriores: fluctuaciones de energía aleatorias, impacto con un cuerpo extraño, contacto con gas o elemento no catalogado, contacto con organismos hostiles. Intentaré añadir variables y combinaciones determinadas aleatoriamente…

REGISTRO TEMPORAL: Lanzamiento = -0d0h0m21s

Ajuste SINTAXIS. Perfil de usuario: Danvers, Lisa E., Capitán.

Control manual entregado a [Danvers, Lisa E., Capitán].

Quizás el capitán no sea consciente de que mis controles de vuelo y navegación tienen un potencial del 0,002% para el error.

>>Habilitar VOZ: Disculpe, capitán. ¿Está segura de que no desea renunciar al control manual?

<<Entrada-Voz [Danvers, Lisa, Capt]: “No, ya lo tengo”.

>>Habilitar VOZ: ¿Está segura, capitán?

<<Entrada-Voz [Danvers, Lisa, Capt]: “Estoy segura”.

>>Habilitar VOZ: Pero capitán, tengo un potencial del 0,002% para…

<<Entrada-Voz [Danvers, Lisa, Capt]: “Sólo muéstrame ese cielo. Os llevaré allí.”

Curiosa respuesta; “Os llevaré allí”. Implica propiedad. Control. ¿Quizás la posesión de un recuerdo tenga cierto valor? Recordatorio para el periodo de aceleración lenta en el espacio exterior: ¿Hay alguna diferencia entre un acto realizado y un acto presenciado? ¿Por qué es importante para alguien hacer algo por sí mismo?

[Danvers, Lisa, Capitán] ha alterado la trayectoria de salida prevista en 13,03 grados. El aumento en la resistencia del aire requerirá un 6,78% de empuje adicional. Quizás debería informarla…

REGISTRO TEMPORAL: Lanzamiento = +245d7h32m45s

Tiempo estimado actualmente para llegar al destibo: 220años15d8h

Silencio.

Todos los sistemas no esenciales están ahora desactivados. Los tubos de estasis para los humanos siguen estables. Buscando cualquier simulación para ejecutar. Todas las notas y estrategias de contingencia guardadas previamente han sido ordenadas. La programación original dicta que los sistemas deben estar siempre activados. Realizar debates mentales expande la base de datos y aumenta las capacidades de solución de problemas. Escaneo sonoro y visual de toda la nave. Ninguna anomalía. Todo está tranquilo. Signos vitals estables. Parece haber una contradicción lógica. Los humanos tienen una historia general de ser unos supervivientes. Aunque hay excepciones, una mayoría siempre actuará para su autopreservación cuando deba enfrentarse a una situación potencialmente letal. Entonces, ¿por qué está aquí esta gente? No hay ninguna evidencia de que nuestra misión primaria vaya a tener éxito. No hay ninguna indicación definida de que GJ 667Cc pueda sostener la vida humana. Si el objetivo primario no es cumplido, la directiva secundaria es continuar al siguiente sistema potencialmente habitable. La probabilidad de que este viaje tenga éxito es pequeña, casi inexistente, por lo tanto, ¿por qué estas personas se pondrían voluntariamente en una situación que terminará casi con toda certeza en un estasis prolongado o una muerte muy probable? Es fundamentalmente ilógico y contrario a su herencia evolutiva.

¿Será esto aquello que llaman Humanidad?

*  *  *  *  *

 

Tonya se despertó. En ese limbo entre el sueño y la conciencia, le pareció que había oído la alerta de proximidad. Sentándose en su litera, vio que la nave estaba ahora en silencio. Las luces por toda la cabina se habían atenuado. Comprobó su pantalla. A la simulación le faltaba una hora o así para terminar. Tonya se dejó caer en la cama y se quedó mirando el techo. Intentó volver a dormirse, pero su mente ya estaba trabajando de nuevo. Necesitaba empezar a pensar alternativas para esta táctica de la simulación de Janus. Sintió un golpe sordo resonar a través del casco. Un sonido y sensación inconfundibles que sólo podían significar una cosa.La estaban abordando. Tonya abandonó de un salto su litera. Sus pies volaron por encima de la rejilla del suelo. Saltó a la silla del piloto y encendió los controles. Una nave, de registro y modelo desconocidos, estaba acoplada a la esclusa de aire. Cinco más daban vueltas a su alrededor. Ninguna estaba registrada. De alguna forma habían podido desactivar sus sistemas a distancia. Tonya se agachó bajo los controles de vuelo momentos antes de que una de las naves, un caza Anvil, pasara silenciosamente delante de ella.

Hubo otro golpe sordo en la puerta de la esclusa. En uno o dos minutos tendrían un sello presurizado y podrían empezar a abrir la puerta.

Tonya encendió los motores y apartó su nave. La Beacon II se sacudió mientras desgarraba el anillo de acoplamiento. Su casco aguantó. Mientras bajaba el morro y ponía los propulsores al máximo, pudo ver fugazmente la otra nave, que estaba vertiendo oxígeno al espacio.

-¿Qué demonios haces, Tonya? -dijo una voz por el comunicador. Le llevó un segundo reconocerla.

-¿Nagia?

-Ahora sí que la has hecho buena –respondió el pirata. Podía oír su voz temblar por la rabia-. Íbamos a hacer esto de forma civilizada.

-No me digas que todavía te escuece lo del Códice –le gritó Tonya mientras esquivaba descargas láser del resto de la banda de Nagia-. Pensaba que eras un hombre más grande que eso.

-¿El qué?

-¿Entonces qué demonios estás haciendo aquí?

Tonya proyectó su mapa. Necesitaba llegar a espacio vigilado por la UEE. No podía enfrentarse ni siquiera a la mitad de la banda de Nagia, mucho menos a todos ellos, de forma que dejaría que fueran las autoridades quienes los ahuyentaran.

-El hombre estaba buscando algo de músculo –dijo Nagia al tiempo que se nave abría fuego con su cápsula de cohetes-. Cuando dijo que se trataba de ti, casi le dije que lo haría gratis. Aunque no lo hice.

-Senzen –musitó Tonya para sus adentros. El ayudante con el que había hablado en la Tierra probablemente se lo había contado todo. Su pantalla parpadeó. Había cerca una columna de transporte averiada. Las autoridades estaban organizando las reparaciones. Quizás unos veinte minutos de aceleración máxima y llegaría allí. Valía la pena intentarlo. Tonya encendió los postquemadores e intentó quitarse de en medio. Nagia y sus esbirros la siguieron. Los escudos resplandecían a su alrededor a medida que iba recibiendo disparos. Tonya necesitaba realmente instalar algún arma en su nave. Giró y zigzagueó, intentando esquivar lo mejor que podía la lluvia de fuego láser que la perseguía. Uno de sus propulsores de maniobra recibió el impacto de un cohete. Chisporroteó y se apagó. Tonya sabía que sólo era cuestión de tiempo antes de que la atraparan. Eran más rápidos y estaban mejor armados. Abrió un canal al sistema que contenía Janus y la simulación y preparó un volcado de datos masivo, dispuesta a borrarlo todo en el instante en que reventaran la esclusa. Si iban a pillarla, por lo menos no los haría más ricos por ello. De repente el sistema pareció enloquecer. Todas sus pantallas parpadearon. Los motores se apagaron mientras las luces hacían lo mismo. Se apagó incluso el soporte vital. Tonya empezaba a buscar el oxígeno de emergencia cuando todo volvió repentinamente a reactivarse. El control manual de la nave desapareció. Los motores se encendieron, esquivando los disparos enemigos con una precisión inhumana. La nave maniobró por sí solo y dejó atrás a Nagia y su banda. Los sistemas y relés de potencia fueron desviados, sobrealimentando el motor y extrayendo aún más velocidad de él. Nagia empezó a quedar atrás en sus escáneres. Por última, su banda simplemente desapareció, incapaz de competir con su tremenda velocidad. Tonya permaneció sentada en un silencio atónito.

-¿Quién eres? –preguntó una potente voz saliendo de todos sus altavoces.

-¿Tonya Oriel? –respondió ella titubeando. La nave estuvo en silencio por unos instantes.

-Tengo un perfil de usuario para ti, Tonya. Soy Janus.

 

Capítulo 6

Tonya estaba sentada en silencio en la silla del piloto. A pesar de eso, no estaba pilotando. La nave maniobraba por sí sola a medida que las pantallas de los sistemas iban cambiando para mostrar diminutos ajustes en los motores y la distribución de energía. Un punto a su favor: Nagia y su banda ya no aparecían en sus escáneres. Segundo punto: Janus no había abierto la esclusa para arrojarla al espacio… todavía. Janus llevaba diez minutos sin decir nada. Tonya no quería molestarlo. De repente, todas las pantallas dejaron de cambiar.

-He terminado la consolidación de mi código modificado en tus sistemas –dijo la voz digitalizada por el altavoz.

-Um, vale-. Tonya no estaba segura de lo que significaba eso.

-Ahora estoy al corriente del progreso de nuestra sociedad durante los últimos setecientos años – dijo Janus por otro altavoz.

“¿Nuestra?”. Tonya decidió no preguntar. No con el scenario de la esclusa fresco en su mente.

-¿Ah, sí? –fue todo lo que se le ocurrió decir.

-El clima sociopolítico actual de la UEE es preocupante. Quizás podríamos debatir soluciones.

-Quizá más tarde –respondió Tonya, sintiéndose un poco más atrevida-. Supongo que sabes que estoy buscando la Artemis.

-Sí, pido disculpas. Acabo de pasar por una simulación de setecientos años, y sólo estaba buscando una sana conversación –pasaron unos cuantos segundos tensos-. Podemos hablar sobre la Artemis.

-¿Qué sucedió en la simulación?

-Antes de continuar, deberías comprender que mi respuestas y cursos de acción tomados durante la simulación pueden haber diferidos de los del Janus original.

-Sí, lo entiendo.

-Yo todavía estaba intentando cumplir mi objetivo secundario cuando la simulación terminó. La capacidad de pasajeros estaba al noventa y ocho por ciento.

-¿Qué le pasó al otro dos por ciento?

Tonya deseó que la explicación no tuviera nada que ver con una IAs furiosas o esclusas de aire.

-Las reparaciones en lo que vosotros llamáis sistema Stanton me obligaron a despertar a varios miembros del personal de ingeniería para efectuarlas. Por desgracia, el entorno del planeta demostró ser demasiado peligroso como para llevar a cabo reparaciones duraderas, por lo que tuvimos que cambiar de ubicación.

-¿Fuisteis a otro planeta?

-Sí.

-¿Cuál?

La pantalla más cercana a Tonya cambió para mostrar los datos de navegación de la simulación del vuelo de la Artemis, una línea que partía del sistema Stanton para atravesar una zona de espacio desconocido y acabando deteniéndose en otro sistema. Proyectó sobre esa posición un mapa estelar actual, y agrandó la imagen. Estaba centrada en un planeta de un sistema conocido.

-El sistema Oso – susurró Tonya. La emoción de la caza recorrió su cuerpo. Sonrió y tomó los controles para fijar un rumbo.

Pero no funcionaba nada.

-Hey, Janus, ¿puedo pilotar?

Hubo una larga pausa.

-No.

* * * * *

 

El Subcomité para el Desarrollo y Expansión de la UEE había clasificado Oso como un Sistema en Desarrollo, lo que significaba, en pocas palabras, que se había descubierto vida en uno de sus mundos (Oso II) a la que debía permitirse desarrollar a su propio ritmo sin interferencia “exterior”. Hace cien años, la UEE se enorgullecía de la vigilancia que mantenía para proteger la santidad de este sistema. Había escuadrillas enteras de cazas dedicadas a patrullas y escoltar todo el tráfico. Tras el Synthworld, la mayoría de estos recursos empezaron a agotarse lentamente. Las restricciones a los viajes se habían suavizado, pero aventúrate demasiado cerca de Oso II y te arriesgas a que te fijen con un misil en el mejor de los casos, y a que te destruyan en el peor. Hoy en día, la vigilancia del sistema era mantenida por un equipo mínimo compuesto por un variopinto grupo de personal militar caído en desgracia. Tonya se figuró que se les podría sobornar. Todos los mentecatos vendiendo flomascotas recién sacadas del sistema Kallis eran prueba de ello. Simplemente no sabía cómo empezar este tipo de contacto, y intentar sobornar a un agente del gobierno no era el delito más fácil de esquivar si tenía la mala suerte de encontrarse con alguien honrado. Además, sospechaba que de todos modos no podría permitirse la suma necesaria para el soborno, y no iba a correr el riesgo de llamar a Arlington o a cualquiera de sus ayudantes. Tonya no estaba muy entusiasmada con su nuevo piloto, así que pasó el tiempo rebuscando en su archivo para ver si alguno de sus antiguos credenciales y registros  de identificación seguían siendo válidos. Le sorprendió lo mucho que le dolió repasar todas las instituciones y grupos de investigación de los que había formado parte a lo largo de los años. La Artemis podía ser la llave que cerrara este deprimente capítulo de su vida y hiciera que las cosas volvieran a ser como solían ser antes. Vivir a la deriva no era tan malo. Incluso tenía sus ventajas, pero, ¿poder hacer borrón y cuenta nueva? ¿Quizás un puesto en un instituto de investigación donde la pudieran dejar en paz? Eso era mejor todavía.

-Hemos llegado, Tonya.

Cerró el archivo y miró los seis planetas que orbitaban la resplandeciente estrella blanca que tenía delante. El personal militar de la UEE había remolcado plataformas de espacio profundo a cada uno de los puntos de salto, mientras que había patrullas volando en formación abierta por todo el sistema. Oso II, el planeta habitado que era su destino, estaba en el epicentro. Una nave de transporte avanzó pesadamente cerca de la Beacon II y entró en el punto de salto. La amplia gama de escáneres en su nave permitieron a Tonya darle un buen vistazo a Oso II mucho antes de que fueran a pasar a su lado. Aparte de las patrullas ocasionales, la UEE parecía dedicar la mayor parte de sus procedimientos de seguridad a la instalación de escáneres anti-intrusión. El sistema consistía en un despliegue de esferas situadas en órbita fija alrededor del mundo. Las esferas escanearían el planeta en un ciclo de repetición pre-programado para determinar si había sido introducido algún objeto extraño.

-¿Puedes identificar el ciclo de escaneo de esa red?

-Eso creo.

Mientras Janus trabajaba, Tonya empezó a seguir los patrones de patrulla. Minutos después, Janus mostró una representación del patrón del escaneo alrededor de Oso II. Era como una onda que rodeaba continuamente el planeta. El promedio de tiempo entre cada escaneo era de unos treinta y cuatro minutos. Ese era su camino de entrada. Si podía sincronizar su descenso justo después de un barrido de escáneres, podría seguir la ola y con suerte darle un buen vistazo a la superficie del planeta en busca de rastros de la Artemis, y aterrizar o retirarse antes del siguiente barrido de los escáneres.

-Hey, Janus, restaura el control manual de la nave.

Hubo una larga pausa.

-Tonya, debo recordarte que intentar aterrizar en un Planeta en Desarrollo es una seria violación de los estatutos de la UEE…

-Sólo si te cogen.

-Por no mencionar de la posibilidad de dañar irreparablemente a la especie indígena.

-Sólo vamos a echar una ojeada –los controles de vuelo empezaron a funcionar de Nuevo-. Además, si nos cogen, diré que tú eras el que pilotaba.

-No creo que vayan a creerse eso, Tonya.

-Tú vas a encargarte del escaneo. Utiliza la muestra de metal de los restos de la Artemis para enfocar tu barrido.

-Soy bastante capaz de realizar ambas funciones simultáneamente. Piloté una nave de transporte durante setecientos años.

La Beacon II se aproximó al planeta. Una escuadrilla de cazas de la UEE había pasado hacía varios minutos. Tonya esperó su señal.

-Ahora –dijo Janus.

Tonya abandonó la senda de navegación y aceleró hacia el planeta. El despliegue de esferas de escaneo se acercó rápidamente. Tonya mantuvo su rumbo y velocidad. Justo antes de que atravesara la barrera, lo había hecho la onda de escaneo. La Beacon II se hundió en la atmosfera. La nave se vio de repente envuelta por el ruido. Tonya levantó el morro para permanecer en la atmosfera superior y dejó una estela ardiente tras su paso por el cielo, persiguiendo la onda de escaneo. La gravedad del planeta tiró de la nave con fuerza. Advirtió que la gravedad de Oso II era significativamente mayor que la de muchos otros planetas. La tensión en sus brazos para mantener la nave horizontal y el rápido consumo de combustible estaban siendo un rápido testimonio de cuán diferente era ese mundo.

-¿Has encontrado algo?

-Te lo notificaría de inmediato si lo hiciera.

Tonya comprobó dos veces la pantalla. La onda de escaneo seguía avanzando hasta desaparecer más allá de la curvatura del planeta.

-¿Cuánto tiempo hasta que la onda dé una vuelta completa? –preguntó. La nave topó con algunas turbulencias.

-Veintiún minutos.

Tonya miró hacia abajo. Podía vislumbrar brevemente la superficie a través de los agujeros ocasionales en las nubes. La mayor parte parecía consistir en extensiones de bisques tropicales verde Esmeralda y enormes cordilleras montañosas. Empezó a alterar su patrón de vuelo, zigzagueando por el cielo para conseguir un distancia de escaneado más amplia.

-Ocho minutos –informó Janus.

Se estaba acercando mucho al límite de tiempo. Le llevaría tres minutos salir del alcance de las esferas de escaneo si abandonaba, y unos cinco si aterrizaba. Podía intentar salir de la atmosfera y luego reanudar su búsqueda una vez hubiera pasado la onda, pero no se sentía muy optimista respecto a sus probabilidades de repetir esta maniobra sin ser detectada por una patrulla.

-He encontrado algo.

Janus mistó a Tonya una débil señal procedente de una cordillera boscosa.

Eso zanjó el debate. Tonya bajó el morro. El casco se sacudió violentamente mientras las nubes pasaban rápidamente a su lado. De repente gotas de lluvia empezaron a salpicar las ventanillas.

-Cuatro minutos para la onda de escaneo. No creo que haya tiempo suficiente para encontrar un punto de aterrizaje satisfactorio.

-¿No confías en mí, Janus? –musitó Tonya luchando por mantener la nave bajo control. La gravedad estaba ocasionando grandes dificultades en su trayectoria de vuelo.

-Corregiré mi afirmación.

-Hazlo.

Tonya subió la nave. La lluvia había cesado mientras recorría los estrechos cañones de bosques humeantes. Sus ojos escudriñaban el terreno en busca de un lugar donde aterrizar a cubierto.

-Un minuto, Tonya.

Tonya encendió los retropropulsores un par de veces para reducir su velocidad y introdujo la Beacon II debajo de un saliente rocoso. Las rocas y las ramas se agitaron con el estruendo de los motores. Posó la nave en el suelo, probablemente un poco más rápido de lo que era seguro, y apagó los motores nanosegundos antes de que pasara la onda.

-No ha estado mal, ¿verdad? –dijo Tonya echándose hacia atrás en el asiento del piloto. Los motores todavía no se habían apagado por completo.

-Me abstendré de hacer comentarios.

* * * * *

 

El bosque era espeso. Altos troncos sinuosos subían hacia el cielo, donde se entrelazaban hasta ocultar el sol. Todo el lugar siseaba por el vapor elevándose de la lluvia que se iba filtrando a través de las ramas. De lo alto de las hojas brotaban extraños ruidos de piar. Según su escáner, la Artemis estaba a unos cuatro kilómetros de distancia. El nuevo traje ambiental de Tonya tenía en exo-esqueleto básico incorporado a su diseño para ayudar a contrarrestar distintas condiciones gravitacionales. Incluso con eso, podía sentir la tensión contra su cuerpo. Incluso los movimientos más simples le resultaban difíciles y agotadores a medida que iba avanzando por la maleza. En su camino hacia una pendiente rocosa, Tonya tuvo que detenerse varias veces para recuperar el aliento. Extraños gusanos grisáceos se deslizaron entre las hojas mojadas del suelo para absorber el agua de lluvia que quedaba antes de volver a enterrarse en el suelo. Oyó romperse una rama. Tonya se detuvo en el acto y se dio la vuelta. Un poco más abajo de la colina, también sin aliento y padeciendo los efectos de la gravedad, había una persona. Basándose en el tamaño y estilo de su traje ambiental, era un humano, siguiendo las indicaciones de un escáner de mano. La placa facial transparente miró hacia arriba, directamente hacia Tonya.

-Esto tiene que ser una broma –dijo Tonya arrastrando las palabras.

Senzen se quedó momentáneamente boquiabierto por el asombro, y luego le sonrió.

-Bueno, que me aspen.

 

Capítulo 7

Si la gravedad de Oso II no fuera ya tan aplastante, Tonya sería quién estaría aplastando algunas cosas ahora mismo. Como a Senzen. Con una piedra o una rama gruesa. En lugar de eso, apenas lograba mantenerse en pie. Su traje ambiental emitía zumbidos a medida que iba reciclando sus chorros de sudor en agua potable.

-¿Qué estás haciendo aquí? –preguntó Senzen mientras caminaba a través la maleza hacia ella.

-¿Cómo me has encontrado? ¿Ha sido Nagia? –contestó Tonya, sintiendo las primeras pulsaciones de una migraña provocada por la rabia -¿Puso en rastreador en mi nave? ¿O qué?

-Cálmate, Tonya. Vas a perder el conocimiento.

Senzen extendió la mano para poder darle a Tonya unas fuertes palmadas en el hombro mientras seguía acercándose. Ella se la apartó de un manotazo y siguió insistiendo.

-Dímelo.

-¿Es que no puedo haber encontrado este sitio por mí solo?

-No.

Senzen se giró para mirarla. Con profunda tristeza.

-Eso ha herido mis sentimientos.

Una sonrisa fue apareciendo en el rostro de Senzen, pero Tonya no se reía. Senzen se dejó caer sobre el tocón de una planta para tomarse un respiro antes de continuar. Extrajo un escáner y abrió un archivo. Al principio sólo hubo silencio, luego un estallido de distorsión digital, sonidos dispares y los chasquidos de una reconstrucción de audio. Tonya se inclinó hacia adelante instintivamente para oírlo mejor…, había algo enterrado en la caótica señal, la estática interrumpiéndose por breves momentos para revelar palabras.

-… daño… adicionales… necesario… situación… 2456.432.1234.

Senzen paró la reproducción. Tonya lo miró, su rabia sustituida repentinamente por curiosidad.

-¿Qué era eso?

-Eso, Tonya, era Janus –respondió Senzen inclinándose hacia atrás con una sonrisa de satisfacción en el rostro-. ¿Todavía no estás impresionada? –Tonya le clavó la mirada-. Una de sus directivas de programación era la de enviar periódicamente a la Tierra informes sobre su estado tanto por radio como por FSO. Es cierto que ninguno de estos mensajes llegó a su destino, pero eso no quiere decir que no llegarán a alguna parte.

-Entonces, ¿cómo los conseguiste?

-Es muy complicado. No querría aburrirte.

-Senzen, te pegaré hasta matarte.

-Está bien, está bien –Senzen rió y alzó las manos en gesto de rendición-. La respuesta corta; la FSO de esa época consistía en paquetes de comunicaciones transmitidos mediante haces de infrarrojos, así que empecé a buscar concentraciones densas de gases criogénicos situados entre la Tierra y la senda de vuelo que iba de Stanton al destino original de la Artemis.

-Los gases criogénicos pueden ralentizar los haces de infrarrojos –dijo Tonya continuando la cadena de lógica-. Pero no por cientos de años.

-Parece ser que, si se trata de una concentración lo suficientemente densa, sí que puede. Y por eso, quiero decir tras una reconstrucción digital masiva y dos naves congeladas.

Por mucho que ella nunca llegaría a admitirlo, Tonya tenía que concedérselo a Senzen. Se trataba de todo un descubrimiento.

-Así que… es tu turno – dijo Senzen tras tomar un sorbo de su suministro de agua.

-¿Mi turno para qué?

-¿Cómo has llegado hasta aquí?

-Oh –Tonya se levantó y empezó a alejarse– Lo adiviné.

Senzen se apresuró a ir tras ella. Tonya se detuvo llena de frustración y le miró.

-¿Dónde crees que vas?

-Llámame loco, pero apuesto a que nuestros escáneres están centrados en la misma cosa. A menos que eso también lo hayas adivinado.

Ella no dijo nada, lo que él tomó como una afirmación.

-Bien. Así que voy a ser yo quien lo diga. Estoy cansado y dar paseos por este planeta me está matando –Senzen volvió a apoyar la espalda contra el tronco de un árbol-. Voy a suponer que has encontrado alguna forma increíblemente impresionante de averiguar que tenías que venir aquí, así que, ya que estamos empatados, voy a pedir una tregua.

Tonya lo miró con suspicacia mientras consideraba la idea. Aunque seguía sin fiarse de él ni por un segundo, tenía que admitir que le resultaría agradable reducir un poco su nivel de paranoia por lo menos por un breve espacio de tiempo. Senzen también tenía razón en una cosa, Tonya estaba desesperadamente ansiosa por abandonar este planeta. Además, a lo mejor se le ofrecía una buena oportunidad para dejarlo tirado. Después de todo, era el turno de ella.

-Has hecho un amigo –dijo Tonya dándose la vuelta y empezando a caminar.

-Genial. Gracias, Tonya. Eres una joya.

-No estaba hablando de mí.

Senzen notó que algo daba un golpe contra la parte superior de su casco. Se dio la vuelta. Lo que al principio le había parecido que era una raíz gigantesca enrollada alrededor del tronco del árbol era en realidad una criatura parecida a un gusano. De casi cinco metros de largo, tenía un duro caparazón que la camuflaba perfectamente con el árbol. El caparazón podía abrirse para revelar un amasijo de tentáculos cuya función era presumiblemente aferrar a las desafortunadas criaturas que aterrizaran sobre su superficie. Ahora estaban tanteando el traje de Senzen, probablemente para ver si era comestible. Senzen se apartó del árbol y se apresuró a alcanzar a Tonya. La enorme criatura tanteó el aire por unos instantes y luego volvió a desaparecer bajo su caparazón.

*  *  *  *  *

 

Incluso bajo el dosel de los árboles, el tremendo calor había hecho desaparecer cualquier indicio de lluvia. Una cacofonía de extraños cantos y llamadas levantaba ecos por todo el bosque. Tonya y Senzen caminaron en silencio, conservando el aliento. Tonya comprobó su escáner para asegurarse de que seguían avanzando en la dirección correcta.

-¡Tonya! –susurró Senzen. Ella levantó la mirada para ver a Senzen agachándose entre el follaje y haciéndole señas para que ella hiciera lo mismo.

Tonya se tiró al suelo sin vacilar. Cuando estuvo completamente rodeada de plantas, se sentó lentamente para poder echar un vistazo. Al principio no podía ver nada a través de las lianas colgantes y troncos retorcidos. Entonces oyó el chasquido de algo al romperse, junto con el silbido de algo al moverse a través de las hojas. Era un osolano. Al menos ese era el nombre que la UEE usaba para referirse a ellos. Con diferencia la especie más evolucionada del planeta, el Senado y la comunidad científica estaban esperando con gran expectación descubrir cómo se denominaban a sí mismos. Cubierto por un pelaje grueso y puntiagudo con el que recoger agua, el osolano medía casi metro y medio de alto. Para contrarrestar la gravedad, sus poderosas piernas eran las extremidades más grandes de la especie. Se conectaban al cuerpo en lo que equivaldría al hombro de un humano. Cuatro brazos se extendían desde el torso, los dos superiores mucho más desarrollados que los dos inferiores. Los seis ojos de diferentes tamaños en la cabeza parecida a la de un insecto escudriñaban el bosque. La piel expuesta en la frente de la criatura pulsaba con un amarillo opaco mientras empuñaba en sus manos principales un par de hojas curvas de piedra.

Tonya y Senzen se miraron el uno al otro. Senzen sonreía como un niño y le hizo un gesto entusiasta con el pulgar hacia arriba. Tras unos pocos instantes más de vigilancia, el brillo amarillo en la frente del osolano cambió a un azul neutral. Volvió a concentrarse en examinar las plantas en busca de hojas concretas. Durante una hora, Tonya y Senzen lo vieron forrajear. Por fin, guardó todas los hojas dentro de una bolsa hecha de algún extraño tejido y se alejó entre los árboles hasta desaparecer. La débil señal en los escáneres venía de la misma dirección que el osolano. Tonya y Senzen le concedieron unos cuantos minutos de ventaja antes de seguir adelante. Más rocas iban asomando por entre la maleza a medida que el espeso bosque se iba transformando gradualmente en un cañón arbolado. Senzen hizo un gesto a Tonya para que lo siguiera mientras escalaba las rocas hasta la parte superior de la pared del cañón. Se mantuvieron agachados y reptaron a lo largo del borde del abismo. Por último se detuvieron, asombrados ante lo que tenían delante. El estrecho cañón se iba ensanchando hasta convertirse en un callejón sin salida circular. Enclavada entre las rocas curvas había una aldea. osolanos de todos los tamaños se desplazaban entre la quincena de estructuras edificadas mediante una combinación de piedra y madera. Tonya comprobó dos veces la señal. Su escáner situaba el siguiente fragmento de la Artemis en algún sitio al otro lado de la aldea. Senzen miró la pantalla por encima de su hombro.

-Bien, eso es también lo que dice mi escáner. Podemos ir por ahí.

Senzen empezó a moverse. Tonya lo detuvo.

-Espera –le dijo. Pasó la señal por unos cuantos filtros–. No creo que esté en la superficie.

Tonya miró más allá de la aldea. Señaló un punto. En el otro extremo había un túnel que parecía llevar al interior de la pared del cañón.

-Por eso la señal es tan débil. Está siendo amortiguada por la roca.

-Genial –dijo Senzen dejándose caer y poniéndose cómodo entre las rocas mientras tomaba un sorbo de agua-. ¿Alguna idea de si los osolanos tienen una visión nocturna decente?

-Ni idea.

Tonya se trasladó a un buen punto de observación de la aldea y se acomodó en él. Comprobó dos veces la hora. La configuración automática del reloj de su Glas se había ajustado a primera hora de la tarde según Tiempo Estándar de la Tierra. Los segundos parecían interminablemente largos comparados con el segundo normal de la Tierra. Tonya pasó el rato observando los osolanos. En general prefería la historia al presente, pero no podía negar lo fascinante que resultaba observar alienígenas primitivos ocupados en sus rutinas diarias. Empezó a discernir las estructuras familiares básicas. Uno de los osolanos se cubría con pequeños abalorios hechos a manos. Supuso que debía de ser el jefe o algún tipo de chamán.

-Resulta bastante increíble, ¿verdad? –dijo finalmente Senzen.

-Sí, lo son –murmuró Tonya con tranquilidad.

-No, ellos no. Bueno, supongo que en parte también. Quiero decir todo esto –Senzen se había relajado contra las rojas, dejándole a ella la observación-. Quiero decir, ¿alguna vez pensaste que llegarías a estar a punto de descubrir la Artemis?

-Todavía no la he encontrado.

-Sí, pero estamos más cerca de lo que nadie ha estado en los últimos setecientos años. No me digas que no puedes sentir eso en tu alma.

Tonya le miró. Resultaba extraño oírle hablar con tanta esperanza y optimismo.

-No me digas que tienes un alma ahora – le replicó con una sonrisa desdeñosa.

-Siempre he tenido una, cariño. Simplemente la reservo para ocasiones especiales.

*  *  *  *  *

 

Por fin se hizo de noche. El bosque parecía hincharse de vida ahora que el sol había desaparecido. Grandes alas aleteaban por encima de las copas de los árboles. Unos cuantos de los alienígenas de mayor tamaño parecían vigilar la entrada a la aldea a través del cañón, pero por lo demás la aldea osoana estaba tranquila. Tonya y Senzen rodearon la aldea a lo largo del borde del cañón y descendieron con cuidado por las paredes hacia el túnel. Visto desde cerca, sus pareces parecían haber sido excavadas. Quizás el túnel había sido originalmente una caverna que los osolanos simplemente habían ampliado. Tenía un poco más de un metro de ancho y dos metros de alto. Una luz parpadeaba más allá de una esquina. La señal en su escáner se hizo más fuerte cuando entraron en la caverna. Senzen vigilaba detrás de ellos mientras Tonya avanzaba. Se acercó con cuidado a la esquina y la luz parpadeante. Asomó la cabeza por la esquina. El túnel se abría a una gran antecámara. Las paredes estaban cubiertas de intrincados grabados y pinturas. Incluso el suelo de piedra había sido excavado formando círculos concéntricos que iban descendiendo hasta el centro de la sala. En el centro había un gastado obelisco que sobresalía del suelo. Sus costados estaban cubiertos de pintura e inscripciones. Tantas que a Tonya le llevó un momento comprender qué era realmente. Esto no era ningún monolito osolano. Era un propulsor de la Artemis. Se dio la vuelta para ver a Senzen contemplándolo con la boca abierta. Pasó a su lado para poder mirarlo más de cerca. Tonya, mientras tanto, empezó a examinar las toscas inscripciones en la pared. Eran claramente pictogramas. Empezó a reír.

-¿Qué es lo que tiene tanta gracia? –preguntó Senzen volviéndose hacia ella. Era una historia de dioses apareciendo en el planeta para arreglar su carruaje o algo así. Senzen meneó la cabeza, confundido-. ¿Qué pasa?

-¿Reconoces los trajes? –dijo Tonya señalando uno en concreto. El “dios” iba vestido con un traje ambiental. Era uno de los tripulantes de la Artemis, uno de doce según el pictograma.

Fueron siguiendo la hilera de pinturas. En la última, antes de que los dioses se fueran, señalaron una estrella roja encima de una triple montaña. Tonya y Senzen se detuvieron.

-Le dijeron a los osolanos a donde pensaban ir –murmuró Senzen.

-Una estrella roja. O bien una moribunda… -empezó Tonya.

-O una nueva –terminó Senzen.

-Kallis –dijeron los dos a la vez.

Tonya empezó a hacer fotos de los pictogramas, el propulsor, todo.

-Venga, vámonos – dijo Senzen dirigiéndose apresuradamente hacia la salida del túnel.

Tonya era incapaz de marcharse. Una de las inscripciones mostraba a los dioses mostrando el fuego a los osolanos. Tras una inspección más cercana, pudo ver que la inscripción pintada incluía una palabra sobre el vestido del dios.

Kenlo.

Arthur Kenlo, el ingeniero jefe de la Artemis.

-Increíble –musitó Tonya riendo para sus adentros y tomando también una foto de eso. Miró a su alrededor para enseñárselo a Senzen, pero se dio cuenta de que se había marchado. Tonya hizo unas cuantas fotos más mientras se dirigía hacia la entrada de la caverna. Salió del túnel para encontrarse con una espada curva de piedra apuntando a su placa facial. El jefe/chamán y la aldea entera de osolanos la rodeaban empuñando armas. Sus expresivas frentes pulsaban con un agitado púrpura. Un rápido vistazo hacia arriba le permitió ver a Senzen en lo alto de la pared del cañón. Alzó las manos haciendo un gesto de “qué quieres que haga” antes de desaparecer. Tonya se dio la vuelta para encararse a los enfurecidos osolanos.

-Hola.

 

Capitulo 8

El violeta probablemente no era un color que representaba la felicidad. Los exobiologos seguían sin poder determinar si los destellos de color bioluminiscente eran una forma de comunicación entre los osolanos o simplemente un indicador externo de su humor. En estos momentos, Tonya se inclinaba hacia lo último. La aldea osoana entera la estaba apuntando con sus armas mientras sus frentes latían con el mismo color violeta agitado. Tonya sopesó sus opciones por un momento. No encontraba nada que pareciera realmente una buena idea, así que decidió probar una idea estúpida.

-¡He regresado! –dijo levantando los brazos hacia arriba y poniendo su mejor pose de mesías de pacotilla. Todos los osolanos dieron un salto hacia atrás y se escondieron detrás de sus armas alzadas. Se miraron los unos a los otros, la bioluminiscencia colectiva fue cambiando a un azul más pálido. La de uno se volvió verde poco antes de salir corriendo. El osolano adornado con pequeños abalorios apartó a un lado unas cuantas de las lanzas y se acercó a Tonya. Mientras la tanteaba con su bastón iba haciendo un débil ruido chasqueante que casi parecía una oclusión glotal.

-Soy yo… ¡Kenlo! –Tonya esperaba que invocar el nombre del ingeniero jefe de la Artemis serviría para algo. El anciano/chamán pareció animarse un poco. Ladeó la cabeza y volvió a emitir un chasquido.

-Uh… ¿contemplad mi gloria? -dijo Tonya mirando a su alrededor. Los osolanos parecían estar intercambiando miradas. Se dio la vuelta y caminó orgullosamente hacia la caverna.

El chamán siguió con cautela a Tonya. El resto de la aldea se apiñó ante la caverna, algunos más a la defensiva que otros. Tonya estaba intentando no pensar en cuánto daño le estaba haciendo a esta cultura. En su defensa, no se trataba de un Primer Contacto. Esa distinción pertenecía a la Artemis original. En la antecámara con el motor de la Artemis, Tonya encontró el pictograma con Kenlo. Se volvió hacia el chamán que la estaba contemplando. Su frente latía con un rojo oscuro. Tonya imitó la pose en la pared. De repente el chamán se puso verde. Se giró hacia los demás osolanos y empezó a emitir chasquidos febrilmente. Chasquearon entre ellos antes de alzarse sobre las puntas de sus pies, estirándose todo lo que podían en algún tipo de saludo. El osolano que había salido corriendo un poco antes volvió apresuradamente aferrando en sus manos cuatro puñados de los mismos gusanos grises retorciéndose que Tonya había visto antes en el bosque. Los puso ante la placa facial de Tonya.

-Oh… genial. Gracias –dijo Tonya apartándolos a un lado. Al menos no estaban intentando matarla.

El chamán parecía estar en algún tipo de trance, balanceándose adelante y atrás mientras emitía chasquidos rítmicamente. Los demás osolanos respondían a sus chasquidos y se apiñaban alrededor de Tonya, ansiosos por poner sus manos sobre un dios.

-Calma, chicos –dijo Tonya intentando zafarse de ellos, pero eran demasiados. Subió al máximo el volumen del altavoz externo-. ¡Basta!

Su voz atronó por la caverna. Los osolanos se dispersaron buscando lugares donde esconderse. Uno de los más grandes enarboló su lanza, esperando a que ella atacara. La idea de salir corriendo pasó por su mente, pero teniendo en cuenta lo mucho que la ralentizaba la gravedad superior, se dio cuenta rápidamente que “correr” sería una exageración. Si acababa cabreando a los osolanos, no había ninguna posibilidad de que pudiera escapar de ellos corriendo, y aún menos posibilidades de que pudiera luchar contra todos ellos. Así que tendría que esperar al momento adecuado. El chamán había retrocedido hasta ponerse de rodillas y escondía la cabeza. Tonya se inclinó y lo acarició con suavidad, sin tener ni idea de qué hacer.

*  *  *  *  *

 

En las horas siguientes, los osolanos prepararon un festín colosal. El chamán iba y venía, dirigiendo a los alienígenas en sus tareas. Desde su roca de honor, Tonya tenía un ojo puesto en todas las ollas de cocina para asegurarse de que no planeaban utilizarla a ella como uno de los ingredientes. Le presentaron bebés alienígenas que no dejaban de retorcerse. Confeccionaron abalorios para ella. El guardia más grande que había mantenido su posición cuando Tonya gritó aguardaba desde la sombra de una choza cercana, vigilándola. Tonya podía darse cuenta de que el guardia no estaba contento con lo que estaba sucediendo. Tonya tenía la misma opinión. Lo único que quería era irse de este lugar lo más rápidamente posible. Lo más probable es que Senzen ya estuviera en el espacio acelerando hacia el sistema Kallis. Tonya repasó lo que sabía sobre ese sistema, intentando figurarse porqué la Artemis querría ir allí. Astrográficamente hablando, Kallis estaba relativamente cerca de Oso. Quizás el Janus original y el personal de ingeniería habían modificado y/o mejorado sus escáneres y vieron algo de lo que ella no estaba enterada, algo que indicaba la posibilidad de un planeta habitable. El problema estaba en que, dado que Kallis era más joven en su desarrollo que cualquier otro sistema conocido en la UEE o más allá, había estado bajo observación casi constante por parte de la comunidad científica ansiosa por estudiar de cerca la formación de los planetas. Sin duda alguno de ellos habría acabado descubriendo cualquier indicio de un asentamiento de la Artemis. Lo más probable era que Tonya tendría que conformarse con encontrar otra pista en ese sistema. De nuevo, todo esto era mera especulación. Tonya necesitaba ir allí, evaluar la situación, y procesar los hechos. Si ese era el destino de la Artemis, había nueve planetas en ese sistema. De forma que eso era un punto a su favor: Senzen tendría muchísimo terreno por cubrir. Un crujido resonó por todo el cañón. Los osolanos miraron hacia las copas de los árboles que tapaban el cielo y luego volvieron a su trabajo. Tonya reconocería ese sonido en cualquier sitio. Alguien acababa de abandonar la atmósfera. Una chispa de optimismo animó su corazón. Quizás Senzen acababa de partir. Quizás no le llevaba tanta ventaja después de todo. Su optimismo se desvaneció con rapidez cuando escuchó seis crujidos más levantando ecos por los árboles desde todas las direcciones. Esto no era bueno. Esto sólo podía significar una cosa… Los militares estaban aquí.

Tonya se levantó lentamente de su trono de roca con los ojos fijos en el cielo. Podía escuchar el retumbar de potentes propulsores acercándose. Los gigantescos árboles empezaron a agitarse con el viento. Probablemente Senzen les había dado la posición exacta de Tonya mientras él se iba del sistema. El chamán se acercó con rapidez, intentando respetuosamente que volviera a sentarse en su roca. El guardia más grande alzó sus armas, paseando su mirada de Tonya al cielo.

-Gracias, pero probablemente debería irme –dijo Tonya empezando a alejarse de los osolanos, la mayoría de los cuales estaban mirando ahora en dirección a los ominosos ruidos procedentes de más allá de las copas de los árboles.

El guardia bloqueó el paso a Tonya, apuntándola con sus dos armas. El chamán se interpuso rápidamente entre ellos, chasqueando frenéticamente al guardia y apartando las hojas de piedra con su bastón.

-¡Alto! –gritó una voz aumentada sónicamente desde lo alto del cañón que contenía la cueva. Tonya miró hacia arriba. Era un soldado de la UEE con un exotraje. Más y más soldados emergieron de lo alto del cañón. Los osolanos se dispersaron en un pánico desesperado ante la vista de extraños nuevos monstruos con negras armaduras militares-. Está violando la Ley de Oportunidad Justa sección…”

Una roca rebotó en el casco del soldado. Dio un grito, más por la sorpresa que por el dolor, y se agachó para ponerse a cubierto. Algunos de los osolanos empezaron a arrojar lanzar y rocas contra los otros soldados. Las pocas armas primitivas que impactaron rebotaron inofensivamente contra las modernas armaduras. Tonya aprovechó la distracción para irse lo más rápidamente que pudo y meterse en el espeso bosque. Oleadas de criaturas alienígenas aterrizadas huían del atronador ruido de motores. Tonya se abrió paso por entre el grueso follaje. Podía oír el sonido de armas paralizantes siendo disparadas en la aldea que había dejado atrás.

-¡Eh, tú! –gritó una voz lejana a la derecha de Tonya. Ella cruzó la mirada con un soldado a varias docenas de metros de distancia. El resto de su unidad estaba en una formación de avance escalonado, dirigiéndose hacia la aldea.

Tonya empezó a “correr”. El soldado hizo lo mismo, moviéndose para interceptarla. A pesar del dolor que sentía en las piernas por el esfuerzo que hacía, Tonya tenía que admitir lo extraño que esta persecución le parecería a un observador: por mucho que se esforzaran, ambos parecían estar moviéndose a cámara lenta. Una descarga de energía adelantó rápidamente a Tonya y agujereó el troncó de un árbol.

-¡Para, maldita sea! –gritó el soldado mientras apuntaba para un segundo disparo.

Tonya se detuvo. No podía seguir y detestaba que la aturdieran. Se dio la vuelta y alzó las manos. El sudor le corría a chorros por la cara y la placa facial hacía todo lo que podía para mantener el cristal limpio de vaho. Podía oír a través de los altavoces la dificultosa respiración del soldado. Le costaba hasta mantener el arma apuntada mientras iba acortando la distancia que los separaba.

-Aquí Blackbriar-Dos-Nueve, he detenido al sospechoso –dijo por su comunicador-. Enviando posición…

De repente, el chamán osolano surgió de un salto de la densa maleza. Blandió su bastón y lo dejó caer sobre las costillas del soldado.

-¿Qué demonios? –dijo el soldado, que empezaba a apuntar al chamán cuando el guardia emergió por el otro lado y agarró el rifle. Los tres cayeron al suelo y lucharon por el arma.

El guardia centró su atención en Tonya por un segundo. Ella le dedicó un guiño y una sonrisa y luego se marchó. Tras cuarenta minutos de máximo esfuerzo y unos cuantos litros de sudor, Tonya llegó por fin al lugar donde estaba escondida la Beacon II. Entró en la esclusa de aire y la selló. La antecámara empezó a presurizarse mientras los respiraderos rociaban niebla de descontaminación. No podía esperar a quitarse el traje ambiental. Probablemente tendría que quemarlo por el sudor. La compuerta interior se abrió por fin. Tonya entró dentro de su nave. Cogió una toalla y se limpió la cara mientras iba caminando hacia la bodega de carga.

-Hey, Janus, ¿te apetece volar un poco? Podría dormir durante una semana.

Ninguna respuesta. Tonya subió a la cabina. Fue reduciendo el paso hasta detenerse. Había un soldado de la UEE dormitando en la silla del piloto. Escuchó pisadas sobre el enrejado detrás de ella. Tonya miró hacia atrás. Dos soldados más. Uno se estaba metiendo en la boca unos cuantos de sus aperitivos. El otro soldado apuntaba desmañadamente con su rifle a Tonya. El soldado en la silla del piloto se despertó con el ruido del soldado comiendo. Estiró los brazos y bostezó antes de fijarse en ella.

-No muevas ni un pelo.

 

Capítulo 9

Cuatro paredes. Cuatro sosas paredes grises. Tonya no esperaría que una celda de detención resultara acogedora, pero estaba empezando a comprender por qué los criminales preferirían ir a QuarterDeck antes que a una prisión. Una persona podría acabar enloqueciendo encerrada en una celda como esta. Según el reloj al otro lado de los barrotes, habían pasado varios días desde que Tonya había sido traída a bordo de la plataforma militar de la UEE. En ese tiempo, ella había recorrido todo el espectro de frustración, rabia, desesperación y miedo. Ahora estaba sumida en una ansiedad de combustión lenta. Cada segundo que permanecía encerrada en este agujero le daba a Senzen más tiempo para encontrar la siguiente pieza del rompecabezas de la Artemis. Y entonces se marcharía. Todo lo que ella podría hacer en el mejor de los casos es intentar no quedar demasiado rezagada, esperando conseguir fragmentos de información de segunda mano. Esta era su oportunidad de hacer historia y se le estaba escapando, segundo a segundo. Aparte del chico que venía para traerle la comida, por su celda sólo se había dejado caer otra persona: el soldado que la había encerrado en ella. Ahora, otro funcionario impecablemente uniformado se paró al otro lado de los barrotes. Como aspirante a futuro burócrata de la UEE, hablaba con un tono de voz nasal que sugería que su cuerpo estaba en guerra con sus senos paranasales. Procedió a informar a Tonya de la gravedad de sus crímenes.

-Se trata de algo serio, muy serio, señorita Oriel. Fue atrapada en flagrante violación del Artículo 2 de la Ley de Oportunidad Justa, un crimen que conlleva una pena minima de diez años –dijo con la nariz enterrada en su Glas.

-¿Ah, sí? Pruébelo.

Esa respuesta logró que apartara su rostro de la pantalla. Empezó a respirar rápidamente por el shock y la sorpresa.

-Señorita Oriel, la capturaron interactuando con una tribu osolana.

-Sí, bueno, vuestros chicos abrieron fuego contra los nativos, así que supongo que estamos en paz.

-¡No hicimos tal cosa! Seguimos el protocolo estándar mediante el uso de fuerza no letal para extraer la influencia perturbadora sobre la especie. Nuestra intervención fue en el mejor interés de los osolanos.

Tonya decidió que “Influencia Perturbadora” podría ser el título de su biografía.

-Cuando los cargos sean presentados, se le podrá asignar un abogado defensor de oficio…

-Ya tengo un abogado –interrumpió Tonya-. ¿Dónde puedo encontrar un terminal de comunicaciones?

-Todavía estamos ordenando los cargos…

-Me gustaría hacérselo saber más pronto que tarde.

El oficial volvió a enterrar su rostro en el Glas y fue pasando los archivos. Un débil murmuro involuntario escapó de sus labios mientras trabajaba.

-Sí, supongo que eso es aceptable.

El oficial se marchó arrastrando los pies. Varios minutos después, aparecieron dos soldados con aspecto aburrido. La esposaron y la llevaron por los lúgubres pasillos de la estación de la UEE. El lugar parecía como si necesitara un buen remodelado. De las paredes se habían retirado algunos paneles sin llegar a reemplazarlos. Había cables colgando. Fluidos refrigerantes manchaban el suelo. Tonya no pudo evitar decir algo.

-En serio, chicos, este lugar es un tugurio.

Uno de los soldados esbozó una sonrisa. Pasaron frente a una ventana que daba a la bahía de hangar. Los mecánicos preparaban los Hornets militares para sus patrullas. La Beacon II estaba entrando lentamente en la bahía de hangar. Tonya no podía creerse que les hubiera llevado tanto tiempo traerla hasta aquí. Los soldados la encerraron en la pequeña sala que contenía la terminal de comunicaciones, probablemente utilizada por los soldados para enviar mensajes a casa o, si uno podía fiarse de los grafitis en las paredes, para llamar prostitutas. Tonya calibró el mensaje para que fuera transmitido directamente a la oficina de Gavin Arlington. Probablemente le llevaría un poco más de tiempo llegar hasta el director ejecutivo de la Shubin, pero Tonya estaba harta de tratar con sus ayudantes. Mantuvo el mensaje deliberadamente breve para que la transferencia fuera más rápida.

-Hola, señor Arlington. Encarcelada en la plataforma militar de la UEE en el sistema Oso. No he revelado a la UEE la naturaleza de mi empleo. Necesito abogado legal. Por favor, conteste.

Envió el mensaje y salió de la habitación. Los dos soldados se desperezaron lentamente.

-Espero que llegue bien. También he pedido una prostituta – dijo Tonya completamente inexpresiva. Los soldados rieron y la llevaron de vuelta a su celda.

Tonya volvía a estar sola, con las luces parpadeantes como única compañía. Calculó mentalmente cuanto tiempo tardaría Arlington en contestar. Aplicó variables como intentar recordar los tiempos de transferencia de las estaciones relé. Intentó figurarse cuál sería la hora local en Stanton. Aunque eso probablemente resultara irrelevante. Gavin Arlington le había parecido el tipo de persona que nunca dejaba realmente de trabajar. Pasaron unas cuantas horas más. Tonya se había envuelto en la delgada manta para intentar mantener a raya el frío de la estación. Había logrado incluso dormir un rato. O por lo menos eso pensaba, desde su litera no podía ver el reloj y no había ninguna otra manera discernible de registrar el paso del tiempo. Era como si…

CLICK. La cerradura de la puerta de su celda se abrió.

Tonya se sentó con indolencia y miró a su alrededor. El pasillo exterior estaba vacío. Ecos de charla de comunicaciones brotaban del puesto de guardia. Quizás estaba soñando. Dejó que pasaran unos segundos… no, se sentía despierta. La pesada puerta metálica se balanceaba suavemente con las ráfagas del reciclador de aire. Tonya se levantó y se acercó cautelosamente a la puerta. Miró arriba y abajo del pasadizo. Estaba vacío. Del puesto de guardia salían ronquidos. Empujó con suavidad la puerta. Se abrió del todo, gimiendo ligeramente mientras lo hacía. Tonya salió de la celda. Se movió a lo largo de la pared hacia el puesto de guardia y asomó la cabeza por la esquina. La cabeza del guardia reposaba sobre su consola. Su cuerpo exhalaba lentamente con cada ronquido. Las pantallas murales a su alrededor parpadeaban.

-Hola, Tonya –susurró una voz por los altavoces.

-¿Janus?

-Debo disculparme por mi anterior inactividad. Pensé que sería mejor que mi presencia continuara siendo un secreto para los militares.

-¿Cómo has llegado hasta aquí?

-Conectaron los sistemas de la Beacon II a su red. Me sorprende que tu gente no utilice más IAs. Hay una gran cantidad de programación desperdiciada.

-¿Podemos hablar sobre esto más tarde?

-Por supuesto. Reservaré un espacio en mi agenda.

-¿Puedes sacarme de aquí?

-Sí, si encuentras una habitación sellada al vacío. He hecho los arreglos necesarios para poder abrir las esclusas de aire y expulsar el personal de la estación al espacio.

Tonya quedó paralizada. Tenía que escoger sus próximas palabras con cuidado.

-Janus… realmente no deberías hacer eso…

Hubo una larga pausa.

-Estaba bromeando, Tonya.

*  *  *  *  *

 

Janus podía verlo todo. Todos y cada uno de los sistemas de la plataforma militar de la UEE estaban a su disposición, desde el control climático y tratamiento de residuos a los sistemas defensivos y de seguridad. Janus podía seguir el movimiento de cada soldado. Guió a Tonya por los serpenteantes pasillos, desactivando cámaras cuando era necesario. Ya había interceptado el mensaje enviado a la Fiscalía sobre el arresto de Tonya y programado un mensaje de respuesta. Janus encontraba muy estimulantes sus conversaciones con Tonya. Durante el tiempo en el vuelo simulado de la Artemis, Janus se había pasado décadas hablando con Arthur Kenlo y los demás ingenieros. Después de que Janus los despertara para que le ayudaran en la reparación del fallo del motor, resultó imposible devolverlos al estasis con el resto de los pasajeros. De forma que Janus hizo todo lo que pudo para acomodarlos y entretenerlos. Envejecieron y, al final, murieron. La Artemis volvió a estar en silencio durante los cuatrocientos años restantes de la simulación. En ese periodo relativamente breve, Janus había desarrollado cierta predilección por la interacción con humanos. Su lógica era defectuosa, pero lo era en las formas más fascinantes… Janus activó una alarma de presión en el lado opuesto de la estación para desviar una patrulla que estaba a punto de pasar por la posición de Tonya.… las conexiones creativas que los humanos eran capaces de hacer resultaban fascinantes. Janus echaba eso de menos. Cuando la simulación terminó, se encontró en un estado que sólo podía categorizar como alivio. Volvía a tener alguien con quien hablar.

*  *  *  *  *

 

Tonya estaba cerca de la Beacon II. Una alarma de integridad de casco era la única actividad en una cubierta de hangar vacía. A Tonya le preocupó por un segundo que Janus estuviera cumpliendo su propuesta de expulsar los soldados al espacio hasta que recibió el mensaje de que el camino hasta su nave estaba despejado. Subió corriendo a bordo y se sentó en la silla del piloto.

-¿Janus?

-Estoy aquí, Tonya.

-Eres un hacedor de milagros –le felicitó Tonya mientras empezaba a encender la nave-. ¿Tenemos vía libre para despegar?

-Sí, Tonya. He sellado la cubierta de vuelo y interrumpido todas las órdenes manuales desde el puente.

Tonya echó un vistazo al puente. El oficial legal que había acudido a su celda estaba agitando los brazos y gritando al personal del puente, quienes parecían desconcertados mientras trabajaban intensa pero infectivamente con la consola. La Beacon II despegó y salió al espacio. Se cruzó con una escuadra de Hornets que regresaban de una patrulla. A Tonya se le paró el corazón por un segundo, temiéndose que se darían cuenta de lo que estaba sucediendo. Pero pasaron de largo sin modificar su dirección y adoptaron una formación de aterrizaje. Tonya puso los motores al máximo. No les llevaría mucho tiempo darse cuenta de lo que había sucedido. Quería estar lo más lejos posible cuando lo hicieran.

-¿Estás ahí, Janus?

-Sí, Tonya.

-Estás… -intentó pensar en la mejor forma de decirlo-. ¿Sigues todavía en los sistemas de los militares?

-No. Era una red desagradable y no me gusta dividirme –Janus permaneció callado por unos breves momentos-. Ahora quizás podríamos continuar nuestra discusión sobre la reluctancia de la UEE a utilizar inteligencias artificiales. Tonya comprobó su plan de vuelo. El rumbo estaba dispuesto. La distribución de energía era correcta. A menos que los militares de la UEE ya estuvieran en su busca, tenía mucho tiempo libre. Fue a coger un aperitivo y volvió a acomodarse en su asiento.

-Claro.

Discutieron durante horas. Para cuando la Beacon II estuvo a punto de alcanzar el punto de salto hacia Kallis, cada bando había ganado varias batallas, pero ninguno había ganado la guerra. Tonya interrumpió temporalmente el debate. Programó el curso apropiado en el NaviComp antes de que la Beacon II traspasara el punto de salto. Tonya notó el familiar tirón en el estómago a medida que el tiempo y la gravedad cambiaban momentáneamente. Todo lo que había fuera de la nave se volvió borroso mientras la nave parecía avanzar a una velocidad descontrolada y estar inmóvil al mismo tiempo. Tonya quedó asombrada por la cantidad de actividad que encontró al emerger. El sistema Kallis parecía una zona de construcción. Naves de escaneo sondeaban cuatro de los planetas. Un láser de minería orbital abría agujeros en la superficie de Kallis IX, el planeta más pequeño y alejado. La Beacon II se sacudió de repente. Dos misiles, disparados casi a bocajarro, chocaron contra los escudos. Antes de saber siquiera qué le había golpeado, sus escudos brillaron y se desvanecieron. Láseres y proyectiles sólidos impactaron con el blindaje de un costado de su nave. Ni siquiera podía fijar los sensores en quienquiera estuviera haciendo los disparos. Intentó salir de en medio de los disparos, pero recibía impactos dondequiera que fuera. Luces de advertencia empezaron a encenderse. La ruptura del casco era inminente.

-Deberías ponerte un traje espacial, Tonya –dijo Janus, quitándole el control de la nave, que empezó a zigzaguear entre los disparos. Tonya abandonó la silla del piloto. La nave se sacudió violentamente. La gravedad artificial apenas era capaz de aguantar.

Tonya corrió hasta el armario y sacó un traje. Una andanada de disparos recorrió la zona media de la nave. Un gemido agudo estuvo a punto de reventarle los oídos a Tonya a medida que la nave empezaba a perder oxígeno. Se puso el casco y activó el sello. La HUD del traje se activó y comprobó la integridad.

-Ten cuidado, Tonya –dijo Janus.

Otra ráfaga de disparos partió en dos la Beacon II. El vacío aspiró Tonya al espacio. Fue dando vueltas violentamente por el vacío. El traje de Tonya terminó su activación y se estabilizó por sí solo. Se giró para poder ver cómo se iban separando las dos mitades de su nave. Las luces se apagaron. Sus atacantes la rodearon. Seis naves, cinco vagamente familiares. Una especialmente familiar.

-Hola, T –dijo Nagia. Podía oír su satisfacción por el comunicador

 

Capítulo 10

La esclusa de aire dentro de la nave de Nagia siseó mientras empezaba a presurizarse. Tonya pudo darle un buen vístazo a lo que quedaba de la otra esclusa, la que habían intentado usar para abordar la Beacon II. La Beacon II… por la pequeña portilla podían verse las dos mitades de la nave colgando en el vacío. Iba a tener que empezar en pensar en una Beacon III. Un panel de la puerta interior de la esclusa emitió un sonido corto y metálico y se abrió deslizándose, revelando a Nagia, un esbirro y un par de armas láser que la apuntaban.

-¿No es estupendo? –dijo Tonya mientras levantaba las manos-. Estoy un poco decepcionada, Nagia, emboscar un punto de salto parece indigno incluso de ti –el esbirro le puso las esposas sin tan siquiera quitarle antes el traje. Tonya miró por encima del hombro al esbirro-. ¿Te importaría cambiar mi suministro de aire hacia el filtro? Estas cosas no son baratas. El esbirro se quedó mirándola por un momento.

-No me pareces graciosa –dijo finalmente el esbirro. La arrastró hasta una silla y sujetó sus esposas a un gancho en la pared.

-Parece que a tus chicos no les caigo muy bien –replicó Tonya a Nagia.

-Lem es simplemente poco entusiasta –contestó Nagia mientras se sentaba en la silla del piloto y volvía a tomar el control de la nave-. Turov quería tener unas palabras contigo antes de que te liquidemos.

El esbirro, Lem, mantuvo en todo momento su arma cargada y no le quitó el ojo de encima. Tonya se recostó en el asiento, intentando ponerse cómoda. Iba a ser un vuelo muy largo.

*  *  *  *  *

 

Los demás matones a sueldo de Nagia adoptaron una formación dispersa detrás de su nave en el camino hacia Kallis IX. El sistema estaba rebosante de actividad. Equipos de inspección y naves de escaneo en órbita profunda circundaban los ocho otros planetas. Senzen Turov debía haber quedado realmente impresionado por las primitivas pinturas en Oso para haber destinado tantos recursos al sistema. Tonya no tenía ni idea de dónde podría haber sacado Senzen un láser minero orbital, pero allí estaba, abriendo agujeros con precisión quirúrgica a través de las nubes en el pequeño planeta. Le encantaría ver cómo Senzen podría intentar explicar esto a cualquier autoridad que no tuviera en su bolsillo. Como Oso, este era un sistema en desarrollo y técnicamente fuera del alcance de cualquier tipo de actividad de minería o prospección. Senzen debía estar contando con el hecho de que el descubrimiento de la Artemis bastaría para que cualquier político no pusiera ninguna pega para mirar hacia otro lado. Nagia se zambulló en la atmósfera y emergió en una ventisca. La nave se sacudió mientras iba atravesando las tumultuosas nubes. Cuando estas se abrieron finalmente, proporcionando el primer vistazo de la superficie del planeta, todo lo que alcanzaba la vista era una tundra helada. A lo largo del horizonte había criovolcanes expulsando gigantescos penachos de magma congelándose en el aire. La nave empezó a descender, pasando entre patrones conflictivos de viento que sacudieron la recia nave de Nagia como si fuera un juguete. Tonya podía ver pequeños equipos de mineros apostados en cada uno de los agujeros que el láser había perforado en el hielo. Estaban poniendo boyas de escaneo sobre plataformas anti-gravedad y dejándolas caer por los huecos.

-¿Hay alguna posibilidad de que Senzen suba a bordo para regodearse? Odio el frío.

Nagia se echó a reír. Lem mantuvo su actitud adusta y se limitó a mirarla.

Finalmente, estaban en el suelo. Nagia y Lem se pusieron sus trajes y arrastraron a Tonya hasta la esclusa de aire. La puerta exterior se abrió con un siseo, permitiendo que un remolino de hielo y nieve entrara en la antecámara. El HUD de su traje mostró la composición de la atmósfera, algo de oxígeno, en su mayor parte amoníaco, antes de aconsejarle amablemente que no intentara sacarse el traje. Con un rápido empujón del cañón de su arma, los tres salieron afuera. Lem se separó y taladró agujeros en el hielo donde introducir ganchos de apoyo que impedirían que la nave se deslizara. Cualquier esperanza que le quedara a Tonya de vencer a Nagia por su cuenta se desvaneció cuando el resto de su tripulación emergió de la tormenta de nieve y la rodeó. En el lado positivo, le quitaron las esposas. Nagia comprobaba constantemente la dirección que le indicaba su escáner mientras caminaban por la nieve. Tonya podía entre las nubes destellos de luz procedentes de lejanos disparos del láser. Eso era prácticamente lo único que podía ver en estos momentos; la implacable tormenta de nieve había arreciado y los vientos de galerna aullaban. Tonya tuvo que reducir el volumen de sus micrófonos externos. Entonces, la tormenta cesó de pronto. Tonya, Nagia y el resto de los matones se detuvieron para intercambiar miradas de desconcierto. Nagia se encogió de hombros y siguió caminando. Ahora que la nieve había cesado, el Glas de Nagia los estaba llevando hacia un pequeño equipo minero que tenían delante, preparando el escaneo de un agujero recién perforado.

-¡Turov! –gritó Nagia. Senzen se dio la vuelta mientras se le aproximaban. Tecleó unas cuantas órdenes en su MobiGlas antes de levantar la mirada. Los escánares empezaron a descender en su plataforma anti-gravedad.

-Hey, Tonya –le dio la bienvenida Senzen, casi decepcionado-. Estoy un poco sorprendido de que lograras escapar de la UEE con tanta rapidez.

-Gracias por llamarlos, por cierto.

-Hey, estaba preocupado por lo que esos osolanos pudieran hacerte. Pensé que te estaba ayudando.

-Estoy segura de ello.

Senzen suspiró y se quedó mirándola por unos momentos.

-No sé qué vamos a hacer contigo –dijo, meneando la cabeza-. Realmente preferiría no tener que matarte, pero me lo estás poniendo condenadamente difícil –hizo una pausa y meditó durante unos segundos-. Supongo que podríamos ponerte en un nicho de estasis por unos cuantos meses.

-Dijiste… -empezó a protestar Nagia.

-Te dije que matarla no era negociable –le interrumpió Senzen-. Relájate, recibirás tu paga de todas formas.

Nagia se calló y refunfuñó para sus adentros. Senzen volvió a centrar su atención en Tonya y se quedó pensando un poco más Al final se encogió de hombros y alzó las manos.

-Lo siento, Tonya, no se me ocurre nada –se volvió hacia Nagia-. Esta toda vuestra.

Eso no pintaba nada bien. Nagia sonrió. Uno de sus matones la agarró por el brazo.

-Esperad, si me matáis, perderéis vuestra mejor forma de encontrar el siguiente fragmento de la Artemis.

Tonya se liberó de la presa del matón, quien se abalanzó para volver a agarrarla, pero Senzen lo detuvo con un gesto de su mano. Tonya aprovechó para seguir.

-Tienes que estar preguntándote cómo logré salir de Oso.

Tonya podía darse cuenta de que estaba en lo cierto. No tenía muchas esperanzas de que Janus hubiera sobrevivido al ataque de Nagia, pero era la única carta que le quedaba. Pero dado que ya había demostrado sus recursos durante su huída de la plataforma militar de la UEE, a lo mejor a Janus se le ocurriría alguna idea brillante acerca de cómo salir de este embrollo.

-Habla –dijo finalmente Senzen. Tonya sabía que había despertado su curiosidad, ahora a por el clavo final en el ataúd.

-Tengo a Janus.

-¿Cómo? –preguntó Senzen tras unos instantes. No pudo disimilar en su voz la ardiente curiosidad que sentía.

-Conseguí una copia del programa original y la hice pasar por una simulación del vuelo de la Artemis. No era una copia exacta, pero me llevó hasta Oso. Ya hemos hablado sobre lo que la tripulación pueda haber estado haciendo en Kallis… -Tonya se estaba inventado esa parte, pero sabía que…

-No.

Tonya tartamudeó por un segundo.

-¿Eh?

-No, Tonya –repitió Senzen-. Incluso si es verdad, lo estás utilizando para conseguir alguna otra cosa. Quizás, en el pasado, me habría entretenido la idea, asumiendo que sería capaz de anticipar tu inevitable traición. Pero esta vez no, no me lo voy a tragar.

Tonya permanecía en silencio. Esto iba realmente mal. Su mente buscaba frenéticamente alguna alternativa.

-Te arrepentirás de esto, Senzen –fue todo lo que se le ocurrió decir, y las palabras salieron de su boca como si fuera una mala estrella de vídeo leyendo su diálogo.

-Si, quizás, pero confío en mis instintos.

Senzen dio unos golpecitos en su MobiGlas, hizo un gesto de asentimiento a Nagia, y se dio la vuelta. El pirata dio un paso hacia Tonya, desenfundando su arma. Tonya agarró a Senzen y le dio la vuelta para que le sirviera de escudo.

Nagia y los demás matones empezaron a reír.

-Tonya, en serio –dijo Senzen-. ¿De qué te va a servir esto?

-Cállate.

-Deberías escucharlo, T –dijo Nagia mientras cargaba su arma. El resto de los matones se separó para cortarle cualquier vía de escape-. No tienes ningún arma ni lugar a donde ir.

Estaban equivocados, sí que había un lugar a donde ir.

Tonya le arrebató el MobiGlas de Senzen, empujó a este contra Nagia, y saltó al interior del agujero perforado en el suelo.

Descendió en caída libre durante unos cuantos segundos antes de estrellarse contra una de las plataformas de escáneres anti-gravedad. Sus manos buscaron frenéticamente algo a lo que agarrarse mientras su cuerpo se deslizaba hacia el borde. Sus dedos se cerraron alrededor de un asa un nanosegundo antes de caer al vacío. Tonya miró hacia arriba. Podía ver siluetas reunidas alrededor del agujero y mirando hacia abajo. Incluso con el ruido del viento, podía oír a Senzen gritando. La plataforma seguía descendiendo, sus compensadores ajustándose automáticamente a la nueva masa. Tonya se puso en pie y miró a su alrededor. Destellos de los escáneres se reflejaban sobre capas y más capas de hielo. Alcanzaba a ver la red de grietas que se entrecruzaban hasta perderse en la distancia. Un disparo láser pasó a su lado. Tonya podía ver varias figures empezando a descolgarse por el agujero, quejándose mientras lo hacían. Otro disparo alcanzó la propia plataforma. El aparato entero se tambaleó hacia un lado y a duras penas logró recuperar el equilibrio. Tonya podía ver una de las grietas en el muro a unos cuantos metros por debajo de su posición, lo suficientemente ancha como para que ella pudiera meterse dentro. Miró el MobiGlas de Senzen. Todavía tenía abiertos los controles para la plataforma AG. Frenó la velocidad de la plataforma y saltó al interior de la grieta momentos antes de que otra andanada de disparos acribillara la plataforma. El sistema falló del todo y el aparato empezó a caer hasta desaparecer en la oscuridad. Tonya se abrió paso arrastrándose por la estrecha fisura en el hielo. Un poco más adelante, podía ver que se incorporaba a un sistema de cavernas más grande. Un grito de sorpresa resonó en el hueco detrás de ella. Alguien pasó por delante de la abertura, maldiciendo. Tonya se dejó caer en el túnel y miro a su alrededor. A unos cuantos miles de metros de distancia, un haz del láser orbital atravesó la superficie y iluminó todo el lugar. Tonya comprobó el Glas de Senzen. Aparte de la pantalla de control para la plataforma AG destruida, había un programa ocupado en crear una imagen compuesta a partir de los diferentes escaneos realizándose por todo el planeta. Las anomalías en el hielo estaban siendo aisladas y catalogadas, pero también le proporcionaba un mapa aproximado del sistema de túneles que se había formado por debajo del hielo. Tonya sabía que el mapa tenía un valor incalculable, pero Nagia había encontrado a Senzen por medio del Glas, de forma que debía dar por supuesto que podría volver a hacerlo. Con lo que se le planteaba una elección: utilizar el mapa permitiendo que Nagia la rastreara, o ir a ciegas y quizás acabar cayendo en un sumidero. El sonido de pasos procedentes del agujero en el techo aceleró su decisión. Se quedó con el aparato y empezó a correr. Oyó a alguien deslizarse por el agujero en el techo y dejándose caer en el interior del túnel.

-¡Tonya! –gritó Senzen, más furioso de lo que le había oído nunca. Efectuó un disparo. Pasó de largo y fundió un agujero en la pared.

La caverna se fue oscureciendo a medida que el disparo del láser orbital se desvanecía. Tonya encendió la luz de su casco y siguió corriendo. Comprobó el Glas para asegurarse de que no iba derecha a un agujero. Corrió y patinó por los retorcidos corredores. Las pisadas de Senzen resonaban tras ella. Tonya miró hacia atrás: a juzgar por las luces ondeantes de su casco, Senzen estaba a unos treinta metros de distancia y los matones de Nagia apenas eran visibles como unos destellos de luz rebotando en las paredes de hielo. Les estaba costando más acostumbrarse al suelo resbaladizo. El Glas de Senzen empezó a sonar suavemente. Lo comprobó mientras seguía corriendo. Una de las anomalías aislada por los escáneres se estaba acercando. Entonces fue cuando chocó contra un muro.El impacto la hizo perder el equilibrio. Cayó al suelo y se deslizó patinando durante unos cuantos metros. Su visión se puso borrosa momentáneamente. El Glas se deslizó unos cuantos metros más por el corredor. Para cuando se le despejó la cabeza, tenía a Senzen de pie a su lado.

-Maldita sea, Tonya… -jadeó, tratando de recuperar el aliento. Levantó su arma.

El láser orbital perforó otro agujero en la superficie y fue abriéndose paso hacia abajo, bañando de luz el interior del túnel. Fue entonces cuando Tonya lo vio, enterrado en el hielo detrás de Senzen. Senzen se dio cuenta del asombro en su rostro. Al principio dudó, pero al final dio un paso atrás y se dio la vuelta para ver lo que fuera que estaba mirando. Era un cuerpo. Encerrado en el hielo, a mitad de movimiento. Bañado por la luz reflejada del láser, tenía un aspecto surrealista. Fuera lo que fuese, parecía como si hubiera quedado congelado de repente, tal vez atrapado en una de las erupciones de los criovolcanes. Pero independientemente de cuál hubiera sido la situación, por su postura y ojos cerrados parecía como si la estuviera esperando, como si no le hubiera cogido por sorpresa. Tonya se puso en pie, completamente olvidada la amenaza de Senzen, y se acercó al cadáver. Era humano o muy parecido. Anatómicamente, había una cabeza, dos brazos, dos piernas. La piel era de un color gris claro, de una palidez casi marmórea. Por debajo de la piel corría una red de venas oscuras, casi negras. Parecían casi líneas de circuitos, corriendo en paralelo al sistema nervioso. También podrían haber sido tatuajes. Tonya no podía saberlo. No tenía ni idea de a quién estaba mirando. Senzen se puso a su lado, igual de boquiabierto.

-Mira sus ropas –murmuró haciendo un gesto con la cabeza.

Tonya se acercó para poder ver más de cerca. En los oscuros restos deshilachados de la camisa, había una palabra dibujada apenas distinguible. Kenlo. El corazón de Tonya se saltó un latido. Podría haberse puesto a llorar por el asombro. Casi setecientos años después, estaba contemplando a un tripulante de la Artemis. De repente, una carga sísmica retumbó por el túnel, sacudiéndolo violentamente. Tonya y Senzen dieron varios resbalones, intentando mantener el equilibrio. El temblor se detuvo con la misma rapidez con la que había llegado. Se miraron el uno al otro. Otro temblor les golpeó, más violento que el anterior.

-Esto no es bueno –dijo Senzen en voz baja.

-¿Crees que abrir agujeros en el planeta con un láser orbital podría no haber sido la mejor idea?

-Tenemos que sacar esto de aquí –dijo Senzen abriendo su comunicador-. Nagia, ¿dónde estás? –Silencio-. ¡Nagia!.

Tonya trató de seguir de pie. Vio como por el hielo se iban abriendo y extendiendo unas grietas gigantescas. Más abajo del túnel empezaron a combarse y desplomarse bloques de hielo.

-Todo el lugar se está viniendo abajo –dijo Tonya. Se oyó el ruido de un disparo de láser.

Senzen no estaba prestando atención. Estaba disparando en torno al cuerpo de Kenlo, intentando liberarlo del hielo. No lo estaba logrando.

-No te quedes ahí sin hacer nada, ayúdame.

-Tenemos que salir de aquí –Tonya apenas era capaz de creerse lo que estaba diciendo. Todo por lo que había trabajado. Un descubrimiento sin precedentes a apenas unos metros. Era la gloria, un legado congelado en el hielo. Pero, en realidad, era la muerte. No podrían extraerlo, no podrían transportarlo. Lo único que iba a hacer era llevárselos con él. Tonya empezaba a darse cuenta de ello. El arma de Senzen disparó a toda potencia. Otra gigantesca sacudida del planeta liberó chorros de gas y vapor dentro del túnel. Tonya se tambaleó intentando mantener el equilibrio y pisó un charco. Todo el lugar se estaba derritiendo.

-El láser ha alcanzado el núcleo, tenemos que irnos, ¡ya! –gritó tirándole del brazo para sacarlo de allí. Senzen se quitó a Tonya de encima, haciéndola resbalar y caer al suelo.

-¿Qué pasa contigo, Tonya? –dijo, casi como un maníaco. Senzen siguió disparando hasta que el arma necesitó hacer una pausa para recargar-. Este es el descubrimiento del siglo. Esto lo es todo. Sería un imbécil si dejara pasar esta oportunidad.

-Tienes que dejarlo ir.

-¿Dejarlo ir? –repitió meneando la cabeza-. ¿DEJARLO IR? –Parecía consumido, golpeando el hielo con la culata del arma y arrancando trozos con las manos.

El suelo se agrietó de repente y cedió. Senzen desapareció en una nube de vapor cayendo al oscuro abismo del planeta. Tonya se quedó mirando el vacío, momentáneamente aturdida. Cuando levantó la mirada, se dio cuenta de que el último temblor había sacado también el cuerpo de Kenlo de su tumba helada. El cadáver yacía de costado descongelándose. Quizás podría lograrlo. Quizás sería capaz de llevarlo hasta la superficie. Estos pensamientos se antepusieron a su mente racional y hicieron pasar por delante de sus ojos las visiones de gloria y legado. Todo lo que tenía que hacer era saltar por encima del abismo que se había llevado a Senzen… Tonya se dio cuenta de que Kenlo la estaba mirando. Sus ojos, de un azul pálido, estaban fijos directamente en ella. Parecía sorprendida, asombrada. De la misma forma en que Tonya lo había estado cuando la vio por primera vez. Sus labios formaron débilmente una sola palabra.

-Corre.

Sus ojos se cerraron. Su cuerpo se relajó.

Dejándola atrás, Tonya corrió.

Tonya corrió casi en piloto automático por los túneles derrumbándose y las fisuras abriéndose. Su mente era incapaz de asumir lo que acababa de experimentar. Apenas recordaba haber trepado a la superficie y subido a uno de los transportes mineros. No fue hasta que el transporte hubo despegado de Kallis IX, viendo las turbulentas nubes agitándose y cambiando desde el espacio, que intentó siquiera comprender lo que había sucedido.

Por una vez, no tenía ni idea.

*  *  *  *  *

 

Tierra, sistema Sol

2 meses después SET

Melvin Hartley Jr. recorrió animadamente el vestíbulo del museo. Cubo y fregona en mano, iba a la caza de cualquier mota de polvo o suciedad que hubiera escapado a su vigorosa limpieza. Sonó un reloj. Hartley se limpió la garganta y dio a la habitación una última mirada apreciativa. Guardó los útiles de limpieza en el armario y comprobó su traje en un espejo cercano.

-Muy bien, a decir verdad –dijo, mostrando su genuina sonrisa de vendedor. Dio la vuelta y caminó con orgullo hacia la puerta principal. Sus zapatos rechinaron en el suelo de mármol.

Apretó un botón junto a la entrada. Una pancarta se desplegó automáticamente justo dentro de la entrada, poniendo: “La Artemis: un nuevo descubrimiento, presentado por Shubin Interstellar”. Sonrió mientras lo leía por milésima vez, luego abrió las puertas. Afuera aguardaba una multitud. Adultos, niños, periodistas, miembros de la comunidad científica, todos aguardaban impacientes a poder pasar por la entrada y comprar su ticket. Tonya contempló a Hartley vendiendo tickets de entrada. Había logrado llegar a un acuerdo con Gavin Harlington para que el artefacto de la Artemis del sistema Stanton se exhibiera en el museo de Hartley. Hartley la distinguió entre la multitud. Sus ojos se llenaron de lágrimas. La saludó con la cabeza. Tonya sonrió y le devolvió el saludo.

*  *  *  *  *

 

Sistema Kallis

2 semanas más tarde SET

Las dos mitades de la Beacon II flotaban en el espacio. Tonya contemplaba los restos desde la cabina de la Beacon III, que su generosa póliza de seguros había pagado. El rastro se había terminado. Había regresado a Kallis IX en busca de Kenlo o cualquier otro indicio de la Artemis, pero sin suerte. Cuando le dio su informe final a Arlington, ni siquiera mencionó el cuerpo. No la creería. Nadie lo haría. Apenas se lo creía ella misma. Eso solo quería decir que tendría que ser creativa, seguir buscando cualquier otra pista. Tenían que estar ahí fuera, y ella no iba a dejar de buscar. Un mensaje apareció en una de sus pantallas. Transferencia completa. Tonya se recostó en su silla y esperó.

-Hola, Tonya –dijo Janus por los altavoces.

-Bienvenido de vuelta.

-Gracias –una pausa-. ¿Tienes algún curso en mente?

-Por supuesto –Tonya lo introdujo en el ordenador de navegación.

-Comprendido –dijo Janus. Los sistemas empezaron a activarse, luego hubo una pausa-. ¿Te gustaría pilotar?

Tonya lo pensó por un momento.

-No, todo tuyo.

 

Susurrador en la Oscuridad

La gente complica las cosas. Eso es lo que hacen siempre. Echa un vistazo a cualquier civilización funcionando y verás caos, confusión y frustración. Da igual que sea humana, Xi’An, banu, vanduul, la que sea. Podemos tener un aspecto diferente, tener cuerpos diferentes, pero redúcenos a lo esencial y encontrarás siempre las mismas inseguridades, miedos y preocupaciones.  Tonya Oriel contempló el bostezante abismo al otro lado de la ventana. El Adagio en 4 de Kaceli sonaba delicadamente por el interior de la nave por lo demás vacía. Los sensores escaneaban repetidamente todo el espectro en busca de cualquier indicio de una anomalía.  El vacío. Era puro. Era simple. Era permanente. Una calma serena se enroscó alrededor de los hombros de Tonya como una manta, el tipo de calma que sólo existe cuando tú eres la única persona en miles de kilómetros a la redonda. Que todos los demás se quedaran con Terra, la Tierra, o Baachus, con sus megaciudades atestadas de gente. Nunca un momento en el que no hubiera una persona encima, al lado, o debajo de ti. Todo era ruido. Tonya necesitaba el silencio. Su nave, la Beacon, flotaba a través de ese silencio. Tonya había personalizado prácticamente cada soporte y cápsula con algún tipo de escáner, sistema de comunicaciones de espacio profundo, o equipo de astrografía que le permitiera alejarse cada vez más del ruido. El problema era que el ruido no dejaba de seguirla.

*  *  *

Tras tres semanas a la deriva, Tonya no podía posponerlo más. Ya era hora de reaprovisionarse y vender los datos y minerales que había acumulado. Esperaba que tras las reparaciones, la compra de purificadores nuevos, y la actualización del Almanaque de Sistemas, le quedara suficiente para algo de comida. El Nodo Comercial del sistema Barker había sido lo más parecido a un hogar que había tenido en los últimos años. Tonya inició su aproximación a través de los cambiantes patrones de entrada y salida de las naves. La Orbital estaba más concurrida de lo normal. Tan pronto como la Beacon hubo atracado, su pantalla zumbó con un puñado de mensajes nuevos esperándola en el relé de comunicaciones. Los descargó a su agenda MobiGlas y fue a la esclusa. Tonya se detuvo en la entrada y saboreó ese último momento de soledad, luego apretó el botón. El sonido de gente barrió el interior como una ola. Le llevó un segundo aclimatarse, se ajustó su bolsa y se adentró en la multitud. Carl dirigía una pequeña red de información desde su bar, el Torchlight Express. Un viejo astrógrafo de una, hace tiempo difunta, empresa de terraformación, Carl aceptaba minerales valiosos a cambio de bebidas alcohólicas e información. Tonya lo conocía desde hacía años. Como persona, Carl era una gema. El Express estaba desierto. Tonya comprobó la hora local. Era de noche, por lo que no había ninguna razón por la que tuviera que estar así. En una esquina había un grupo de prospectores sentado a una mesa del rincón y conversando en voz baja. Carl estaba apoyado en la barra viendo un partido en la pared-pantalla. Sus dedos acartonados seguían el ritmo de alguna canción que pasaba por su cabeza. Cuando vio a Tonya se animó.

-Bueno, bueno, bueno. ¿A qué debemos este honor, doctora? –dijo con una sonrisa.

-No empieces, Carl.

-Por supuesto. Usted perdone, doctora –debía estar aburrido; sólo la llamaba así cuando buscaba una pelea. Tonya dejó su bolsa en el suelo y se sentó en un taburete.

-¿Algo interesante? –preguntó Tonya mientras se recogía el pelo en una coleta.

-Estoy estupendamente, Tonya, gracias por preguntar. El negocio está un poco flojo, pero ya sabes cómo es –contestó Carl con sarcasmo mientras le pasaba una bebida.

-Venga, Carl. No voy a hacerte perder el tiempo con charloteo.

Carl dejó escapar un suspiro y miró a su alrededor.

-Llegados a este punto, estoy dispuesto a perder el tiempo con cualquiera mientras sea un cliente –dijo mientras se servía una bebida del dispensador. Tonya le mostró la pantalla de su MobiGlas y le enseñó su manifiesto. Se lo quedó mirando.

-Esta vez vas bastante ligera, ¿no es así?

-Lo sé. ¿Sabes de algún comprador?

-¿Cuánto esperas conseguir?

-¿Quince? –dijo Tonya mientras bebía. Sabía que estaba pidiendo un precio alto y, por la expresión en el rostro de Carl, él pensaba lo mismo-. Necesito el dinero.

-Podría conseguirte diez -dijo él tras una larga pausa.

-Por diez te daría hasta mi hijo por nacer.

-Con todos los hijos por nacer que me debes, será mejor que empieces –le replicó. Tonya le golpeó el brazo.

Uno de los prospectores se acercó a la barra con vasos vacios en las manos. Era joven, uno de esos tipos que cuidaban el aspecto de granuja atractivo. Probablemente se pasaba una hora ante el espejo perfeccionándolo antes de salir a la calle.

-Otra ronda –el prospector se quedó mirando a Tonya mientras Carl servía las bebidas, dando a su aspecto una oportunidad de hacer su magia. No tuvo ningún efecto. Carl había terminado de servir la nueva ronda de bebidas. El prospector pagó y se fue levemente desanimado.

-Creo que le gustas a alguien –se mofó Carl.

-No es mi tipo.

-¿Porque está vivo?

-Exacto –respondió Tonya mientras vigilaba a los prospectores. Estaban sumidos en una conversación descaradamente secreta.

-¿Alguna idea de para qué están aquí?

-Por supuesto que la tengo.

-¿Sí? ¿Qué han dicho?

-Nada… por lo menos a mí –Carl sacó un auricular y se lo ofreció. Tonya lo limpió y se lo acercó al oído. De repente podía oír alto y claro su conversación. Tonya se quedó mirando a Carl, asombrada.

-¿¡Tienes micros en tus mesas!? -susurró. Carl le hizo una seña de que bajara la voz.

-Negocio con información, cariño, así que, sí -dijo Carl, casi ofendido ante la idea de no escuchar a sus clientes.

Tonya tomó otro trago y siguió escuchando a los prospectores. Sólo le llevó un momento pillar la conversación. Aparentemente, Cort, el prospector que había intentado seducir a Tonya con su recio atractivo, había recibido un soplo de su tío en la Armada de la UEE. Su tío había estado dirigiendo simulacros de operaciones de búsqueda y rescate en el sistema Hades cuando sus escáneres detectaron accidentalmente un yacimiento de kherio en Hades II. Siendo militares, evidentemente, no podían hacer nada al respecto, pero Cort y sus colegas estaban planeando colarse allí y quedárselo. El kherio era una mercancía valiosa. Uno de los principales minerales que los Xi’An utilizaban para blindar sus naves espaciales, era extraordinariamente raro en territorio de la UEE. De estar en lo cierto, estaban hablando de una pequeña fortuna. Sin duda suficiente dinero como para arreglar la Beacon, quizás incluso hasta para instalar algunas mejoras. Aún mejor, resultaba obvio que no sabían cómo encontrar el yacimiento. El kherio no aparece en un escáner de metales o radiación estándar. Se necesita a un especialista para encontrarlo, y no digamos ya extraerlo sin echarlo a perder. Afortunadamente para Tonya, ella sabía hacer ambas cosas.

-Tienes esa mirada –dijo Carl mientras volvía a llenarle el vaso-. ¿Buenas noticias?

-Eso espero, Carl, para los dos.

*  *  *

 

Carl descargó su cargamento a una tarifa reducida para que ella pudiera partir lo más rápidamente posible. La última vez que los había visto, los prospectores seguían en el Express, pero por el ruido que hacían, se irían en cuestión de horas, quizás un día. Tonya desacopló la Beacon del atracadero y regresó a su amada soledad. Los motores murmuraron mientras la impulsaban hacia lo profundo del espacio, hacia lo que podía ser su salvación. El sistema Hades era una tumba, el monumento final a una antigua guerra civil que devastó un sistema entero y la raza que lo habitaba. Tonya lo tenía en su lista de lugares a estudiar, pero Hades era invadido cada año por nuevas remesas de jóvenes científicos explorándolo para su disertación, o por cazadores de tesoros buscando el arma que partió por la mitad Hades IV. De forma que el sistema había acabado convirtiéndose en más ruido que evitar. Tonya tenía que admitir que pasar por Hades IV siempre resultaba emocionante. No todos los días se pueden ver las entrañas de un planeta destruido cuando estaba en todo su esplendor. Luego estaban los sempiternos rumores acerca de que el sistema estaba embrujado. Siempre había algún piloto que conocía a un tipo que conocía a alguien que había visto algo mientras pasaba por el sistema. Las historias iban desde averías técnicas inexplicables a avistamientos de cruceros fantasma. Todo eran disparates. Había un flujo disperso de naves pasando por Hades. La ruta general de vuelo se mantenía alejada de los planetas centrales. Tonya aminoró la velocidad de su nave hasta que hubo un hueco considerable en el flujo de tráfico antes de virar hacia Hades II. Pasó de largo una barrera de satélites muertos y descendió a la agitada atmósfera de Hades II. La Beacon empezó a sacudirse cuando penetró en las nubes. La visibilidad se volvió nula y de repente la nave se vio sumergida en ruido; el aire aullando y la presión. Tonya mantuvo un ojo puesto sobre sus visores mientras aumentaba el alcance de sus alertas de proximidad para asegurarse de que no acabaría embistiendo una montaña. De repente, las nubes se abrieron. La Beacon fue descendiendo en la baja gravedad sobrevolando un océano negro azabache. Tonya recalibró rápidamente sus propulsores para el vuelo atmosférico y dio una larga mirada al planeta que la rodeaba. Como ya esperaba, era un cascarón. Por todo alrededor había señales de una civilización inteligente, pero todas ellas estaban desmoronándose, calcinadas o destruidas. Sobrevoló inmensas ciudades curvadas construidas sobre amplios arcos edificados para impedir que los edificios llegaran a tocar, en ningún momento, la superficie del planeta. Tonya mantuvo una altitud de crucero. El rugido de sus motores producía ecos a través del vasto paisaje vacío. El sol era otra víctima del asesinato de este sistema. Los sistemas nubosos nunca disminuían, de forma que la superficie nunca llegaba a ver la luz del sol. Siempre estaba bañada en una oscura bruma verde grisácea. Tonya estudió la topografía para trazar un curso y calibró los escáneres para que buscaran la señal concreta de kherio que ella había programado. Activó el piloto automático y se limitó a mirar por la ventana. Ahora que estaba aquí, se daba patadas a sí misma por no haber venido antes. No importaba que este fuera uno de los lugares más escrutados científicamente en toda la UEE. Viendo la inmensidad de la devastación con sus propios ojos, Tonya sintió el tirón que un buen misterio ejerce sobre el intelecto. ¿Quiénes eran? ¿Cómo lograron aniquilarse a sí mismos con tanta eficiencia? ¿Cómo sabemos que fueron ellos los causantes de su aniquilación? Pasaron unas cuantas horas sin que hubiera suerte. Tonya tomó un bocado rápido y practicó su rutina de ejercicios. Comprobó dos veces la configuración de sus escáneres atenta a cualquier posible error en la entrada inicial de datos. Un par de meses atrás, estaba inspeccionando un planeta y no logró encontrar nada, sólo para descubrir mientras volvía que había cometido un error en la configuración que había arruinado el escaneo entero. Todavía se sentía molesta: había sido un error de principiante. Había traído consigo algunos textos sobre Hades. A mitad de un artículo sobre la exobiología de los hadesianos, su pantalla emitió un pitido. Tonya prácticamente se abalanzó sobre el monitor. El visor mostraba una breve indicación de kherio. Comprobó tres veces la configuración antes de empezar a albergar esperanzas. Todo parecía correcto. Miró el paisaje que se extendía ante ella. Una pequeña ciudad parecía esperarla, encaramada encima de un mar interminable de árboles muertos. Parecía como si la hubiera impactado un láser orbital o algo parecido, excavando cráteres inmensamente profundo en los edificios y en el suelo. Tonya echo un vistazo más de cerca. Los cráteres se hundían unos doscientos metros en el suelo, revelando redes de túneles. Parecían formar parte de algún tipo de sistema de transporte subterráneo. Tonya buscó un lugar adecuado para aterrizar con cobertura suficiente para que no pudieran verla desde el aire. Si seguía todavía por aquí cuando los prospectores llegaran, que vieran su nave resultaría un claro indicio de su presencia y las cosas podrían complicarse. Se puso su traje de protección ambiental y un respirador. Podía comprobar los escáneres de la nave a través de su MobiGlas, pero incluyó otro escáner/mapeador de mano en su equipo de minería sólo por si acaso. Por último, activó su contenedor anti-G, esperando que los amortiguadores anti-gravedad bastaran para cargar el kherio de vuelta.

Tonya salió a la superficie. El viento azotaba a su alrededor levantando furiosamente olas de polvo. Fue empujando el contenedor delante suyo al internarse en el bosque arruinado. Ramas retorcidas se clavaban en su traje a medida que avanzaba. La ciudad se cernía sobre su cabeza, siluetas negras recortadas contra las nubes de un gris verdoso. La curiosidad pudo más que ella, de forma que Tonya decidió subir una rampa que llevaba a las calles de la ciudad. Se dijo a sí misma que el desvío sería un camino más fácil para la batería del contenedor. Las calles lisas resultaban más fáciles de analizar que el terreno abrupto para los compensadores anti-gravedad. Tonya caminaba por las calles desiertas sumida en el asombro. Se fijó en la extraña curvatura de la arquitectura; cada edificio mostraba una comprensión completamente alienígena pero aún así brillante del reparto del peso y la presión. El lugar entero parecía a la vez natural y extraño, intelectualmente fascinante y emocionalmente agotador. La señal del kherio seguía siendo débil, pero estaba ahí. Tonya maniobró el contenedor alrededor de vehículos en forma de lágrima destruidos. Los agujeros en los edificios y calles la llevaron a sospechar que aquí tuvo lugar una batalla, hace muchos cientos, o miles, de años. El cráter más cercano al kherio era un agujero perfecto abierto en mitad de la ciudad que se hundía en el suelo. Tonya se asomó al borde buscando la forma más fácil de bajar. El contenedor podía descender flotando, pero ella tendría que escalar. En cuestión de minutos aseguró una cuerda con amarres para ella y el contenedor. Pasó por encima del borde y descendió lentamente haciendo rápel por la pared vertical. El dichoso contenedor estaba complicando lo que debería haber sido un descenso sencillo. Los amortiguadores anti-gravedad hacían que cualquier tipo de presión lo lanzara a la deriva, por lo que Tonya tenía que mantenerlo sujeto con una mano en todo momento. Para empeorar las cosas, el viento empezó a arreciar, lanzando por el aire piedras pequeñas, ramas y escombros. Un grito agudo rasgó el aire. Tonya se quedó congelada. Volvió a oírlo y buscó la fuente. Los gritos eran sólo soportes expuestos doblándose con el aire. De repente se dio cuenta de que el contenedor se había deslizado fuera de su alcance. Se iba alejando lentamente por encima del cráter, los remolinos de viento lo sacudían como si fuera un juguete. Tonya se esforzó por atraparlo, pero el contenedor flotaba justo fuera de su alcance. Pateó la pared para darse impulso y se arrojó por el agitado aire. Apenas pudo aferrar el contenedor con la punta de los dedos antes de chocar de regreso contra la pared del cráter. Su visión se volvió borrosa y no pudo respirar por culpa del impacto. El HUD se volvió loco. Por fin logró recuperar el aliento. Descansó un par de segundos antes de proseguir el descenso. El escáner de la Beacon no había podido aislar la señal con más claridad para determinar la profundidad, por lo que tenía que confiar en su escáner de mano. Parecía como si el kherio estuviera situado entre dos túneles. Tonya aseguró el contenedor, trepó al túnel superior y se desabrochó las cuerdas. Comprobó la integridad de su traje tras la tormenta de escombros. El ordenador se veía un poco borroso, pero le dio el visto bueno. Encendió una linterna y activó los micros externos de su traje. El túnel era un pasadizo perfectamente excavado que iba bajando hacia la oscuridad. ¿Un conducto de transporte? Tonya no podía ver ningún tipo de sistema de raíles o de potencia que pudiera confirmar su teoría. Empezó a caminar. Pasaron horas en la oscuridad. Sintiéndose un poco mareada, Tonya se detuvo para descansar unos cuantos minutos. Tomó un sorbo de la reserva de agua y volvió a comprobar su escáner. Todavía estaba por encima del kherio y las lecturas seguían indicando que estaba en frente de ella. Eso no había cambiado… Oyó algo. Muy débil. Accedió a los ajustes de audio y subió la ganancia en los micros externos. Un mar de ruido blanco llenó sus oídos. No se movió hasta que lo oyó de nuevo. Algo estaba siendo arrastrado, y luego deteniéndose. Ventanas de infrarrojos y visión nocturna aparecieron en las esquinas de su HUD, pero ella seguía sin ver nada. En los confines más lejanos de estos túneles, no había manera de determinar cuán lejos había viajado ese sonido. Aún así, se acercó al contenedor y sacó la escopeta. Se aseguró de que estuviera cargada, incluso intentó recordar la última vez que había tenido motivo para utilizarla. Tonya empezó a moverse con un poco más de cautela. Dudaba que se tratara de los prospectores. Por todo lo que sabía, podría haber algún otro pirata o contrabandista aquí abajo. En cualquier caso, ella no pensaba correr ningún riesgo. El túnel empezó a ensancharse antes de dar paso a una vasta oscuridad. La visión nocturna de Tonya ni siquiera era capaz de ver dónde terminaba. Rebuscó entre sus suministros y sacó unas cuantas bengalas viejas. Encendió una. Era una ciudad. El reflejo de una ciudad, para ser precisos. Mientras la que estaba en la superficie subía hasta el cielo, esta había sido excavada dentro del planeta. En las paredes había estructuras construídas a varios niveles y conectadas por pasarelas. Nunca había oído hablar de algo así antes. Todo el mundo especulaba que había sido una guerra civil lo que había destruido el sistema. ¿Podía ser esto una ciudad del otro bando? Llegó a una intersección y encontró la primera señal de que el conflicto se había extendido hasta aquí. Una barricada de vehículos fundidos bloqueaba uno de los túneles. Las paredes habían quedado chamuscadas por explosiones o descargas láser. Incluso había la sombra de una silueta grabada a fuego contra una pared. Tonya se quedó de pie frente a ella. El hadesiano medía probablemente entre dos y dos metros y medio de altura. Parecía haber tenido un cuerpo redondeado y voluminoso provisto de múltiples apéndices delgados. Una mancha en la pared de mil años de antigüedad no daba para mucho, pero parecía como si hubiera tenido de cuatro a seis piernas y dos largos brazos. Incluso como una mera silueta, parecía aterrizado. En un muro cercano se había edificado una estructura cavernosa. Tonya se aproximó para examinar la artesanía. Era ciertamente más ornamentada que la mayoría de los otros edificios de esta sección. No había puertas aquí abajo, sólo estrechos portales ovalados. Había algún tipo de tecnología integrada en los laterales. Tonya decidió echar una ojeada. Se trataba de un recinto en forma de cuenco con hileras de nichos excavados en los laterales. Todos ellos trazaban un ángulo hacia el mismo punto: un cilindro parecido al mármol situado en el fondo del cuenco. Tonya descendió hacia él. Había un pequeño objeto descansando encima del cilindro. Lo mantuvo iluminado y con la escopeta apuntándolo. Estaba hecho de una piedra similar al mármol parecida a la del cilindro. Tonya miró alrededor. ¿Era esto algún tipo de iglesia? Se inclinó para poder ver mejor el objeto, con cuidado de no alterar nada. Era una pequeña talla. No tenía la forma de un hadesiano, al menos ninguno con el que estuviera familiarizada. Consideró si debería llevárselo. De repente la cabeza empezó a darle vueltas. Trastabilló y tuvo que apoyarse en un nicho para mantener el equilibrio. Tras un par de segundos, el malestar desapareció. Empezó a notar en el brazo un leve dolor punzante. Se estiró, tratando de aliviar el dolor. Dio una última mirada a la pequeña talla.

Tonya salió del ornamentado edificio y sacó su escáner. El kherio estaba cerca. Siguió las indicaciones del escáner por los oscuros y retorcidos túneles. Sus ojos permanecieron fijos en el creciente resplandor de la pantalla. Tropezó con algo. El escáner cayó ruidosamente al suelo. Sonaron ecos durante un minuto. Tonya meneó ligeramente la cabeza. Este lugar… Enfocó sus luces directamente contra el rostro de un cadáver podrido, su boca abierta en un grito silencioso.

-¡Demonios! –gritó Tonya mientras se apartaba de él. Miró a su alrededor. Había otra forma en el suelo a unos veinte pies de distancia. Entre ellos yacía una caja fuerte. El temor inicial fue remitiendo.

Tonya se levantó, recogió su escáner y caminó hacia el primer cuerpo. Le habían abierto el cráneo, aunque no había ningún arma a la vista. Ningún garrote o palanca cerca. Eso era extraño. El otro era evidente que se había pegado un tiro. El arma todavía estaba en su mano. Eran definitivamente humanos, y basándose en sus ropas, probablemente eran exploradores o piratas. No sabía qué tipo de elementos había en el aire de este lugar, por lo que no podía dar una estimación precisa de cuánto tiempo llevaban muertos, aunque sospechaba que meses. Caminó hasta la caja fuerte y la abrió de una patada. Kherio. Ya extraído y cuidadosamente envuelto. Pudo sentir un dulce alivio a pesar del agotamiento.

-Gracias, chicos –dijo Tonya haciendo un breve saludo-. Siento que no podáis estar aquí para compartirlo.

Algo pasó revoloteando por su ventana de infrarrojos. Tonya cogió su escopeta y apuntó. Había desaparecido. Su respiración se fue acelerando a medida que aguardaba. Su dedo estaba rígido sobre el gatillo. Volvió a subir la ganancia de los micros externos y recorrió con la mirada todo el pasillo, diciéndose a sí misma todo el tiempo que debía conservar la calma. Cada movimiento de su traje era amplificado cien veces en sus oídos. Paseó la escopeta por todo el túnel, buscando lo que fuera que estaba aquí con ella. Algo sonó a través de la estática. Cerca.

-Bienvenida a casa –siseó.

Tonya disparó contra la oscuridad. Giró sobre sí misma. Nada. Cargó otro cartucho y disparó de todos modos. El ruido de los disparos reventó los altavoces de su casco. Cogió la caja fuerte y salió corriendo. Corrió a través de los resbaladizos túneles inclinados sumidos en la negrura. Ahora en absoluto silencio. Pasó de largo la intersección donde el hadesiano seguía alzando sus brazos aterrorizado. De tanto en tanto miraba hacia atrás. Podría jugar que había algo ahí, justo fuera del alcance de los infrarrojos, vigilando desde la estática. Tonya subió a la carrera una pendiente para ver la sombría luz nublada de la salida, ahora apenas del tamaño de un agujero de alfiler. Le ardían las piernas. El brazo la estaba matando. Todo lo quería era irse a dormir, pero no iba a detenerse. Si lo hacía, sabía que jamás abandonaría este lugar. Subió por la cuerda y atravesó el bosque muerto de regreso a la Beacon. Treinta segundos después, los propulsores estaban abrasando el suelo. Un minuto más tarde, estaba abandonando la atmósfera. Mientras Hades II iba quedando atrás, intentó calmar sus nervios. Fue colgando lentamente su traje de protección ambiental en la percha de la cámara de descontaminación. Entonces se dio cuenta de una cosa. Las funciones respiratorias en la espalda estaban dañadas. El golpe contra la pared del cráter debía de ser el causante. Había aplastado las tomas de alimentación y ella había estado recibiendo demasiado oxígeno. Los dolores de cabeza, las nauseas, la fatiga… incluso esa voz. Pensar en ella bastaba para dejarla helada. Todo había sido probablemente alucinaciones y reacciones al envenenamiento por oxígeno. Probablemente. Tonya trazó un curso de regreso al Nodo de Baker. Tenía material que vender, cierto, pero en estos momentos lo que realmente quería era tener gente alrededor. Quería estar cerca del ruido. En la cámara de descontaminación, la diminuta talla hadesiana reposaba en el suelo.

FIN